Mostrando entradas con la etiqueta Cuento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuento. Mostrar todas las entradas

sábado, 22 de agosto de 2009

El padre

"¿qué le diré a mis hijos,

que yo no soy capaz?"

(Los niños y los locos)


Buenas noches, Doctor. ¿Cómo le va? Qué dice, qué cuenta. Me agarra haciendo tribunales, como dicen ustedes. Esta mañana me llamaron del juzgado diciendo que ya estaba el edicto de remate de la propiedad de Lombardi, pero no sé qué pasa hoy. Mucha seguridad, muchos perros. A mí no me quisieron dejar entrar. Y acá me tiene: esperando. Ahora, mire como son las cosas, justamente ayer, pensé en llamarlo. Nada urgente, nada grave. Algunas consultitas, como todos los años, para no perder la cordialidad. ¿Le dije que cambiamos de oficina? No sé si usted se acuerda que la semana pasada estábamos en la calle Uruguay, frente al kiosco de revistas. Bueno, nos mudamos a la calle Talcahuano.

El tema me tiene un poco preocupado. De eso también quería hablarle. De mi socio. Se mete donde no se tiene que meter. No sé si me explico, doctor: las cosas se están complicando. De todas maneras, no quisiera entretenerlo más con esto ahora, ¿le molestaría dejarme su tarjeta? Ando sin nada encima y mi secretaria vuelve de vacaciones recién el próximo martes. La verdad es que sin ella me siento un poco perdido. Usted entiende lo que le quiero decir.

Soy un hombre grande, de experiencia. Treinta y ocho años en el rubro. ¿Tiene idea de lo que significa administrar un consorcio? ¿Se imagina la cantidad de problemas que surgen a diario en una propiedad horizontal? ¿Qué edad tiene usted? Calcule, podría ser mi hijo. Nahuel también quería meterse en abogacía pero en esa época yo lo necesitaba trabajando conmigo. Eso mi mujer no me lo va a perdonar nunca. Ojo que a Nahuel le va muy bien. Tiene una inmobiliaria grande, allá, por Beccar. Lindo negocio se armó. Escúcheme, pibe, yo sé que debe andar con poco tiempo pero la verdad es que me gustaría hablar con usted. Estoy preocupado.

A ver espere. No mire. Le pido discreción. En la vereda de enfrente está mi socio. Ahí, en el kiosco. ¡No se de vuelta! Venga. Sígame. Déjeme invitarle un café. En la otra cuadra hay un bar donde vamos a poder hablar más tranquilos. Cuénteme, disimule, ¿cómo andan los suyos? ¿Las mujeres? ¿Los viajes? La otra vez me acordaba de usted porque mi hijo Nahuel también suele irse de vacaciones a lugares raros. A la India dice que se quiere ir este año. Parece que a través de un amigo consigue unos pasajes muy baratos. ¿A la India le digo yo? Sí, me dice, viejo, a la India. Está bien, le digo, si a vos te gusta. Ya está grande, tiene su plata, hace su negocio. Y dígame, pibe, usted conoce la India?

Entre, pasé, disimule, que todo está en orden. Me parece que mi socio no nos vio. Pida lo que quiera. Yo lo invito. Dese el gusto. En una época venía mucho a este bar porque el dueño era amigo mío. Murió hace unos años. Nahuel se llamaba también, como mi hijo. Murió joven. Mire como son las cosas, cuando yo lo conocí era el portero de un edificio que administrábamos nosotros, en Vicente López. Los vecinos querían sacárselo de encima porque les costaba caro mantenerlo. Yo le decía al presidente del consorcio, no lo echen, traten de charlar. El Suther no es joda. Van a tener que ponerse. Me entiende lo que le digo, ¿no? Mucha plata se llevó mi amigo. Y bueno, se compró este bar. Flor de bar.

Y después, sí. Le gustaba el juego. Las cartas. Y le daba al pucho también. ¿Usted fuma, pibe? ¿Me convida uno? Ahh. Y bueh... Qué va a ser… Hacía tiempo que no pensaba en Nahuel. Usted sabe que el tipo había quedado tan agradecido conmigo que cada vez que traía a mi pibe lo atendían como a un rey. Que submarino, que tostado de jamón y queso. De todo nos van a traer. Vas ver.

Mirá qué casualidad, ese que está en la puerta es mi hijo. Te pido discreción. De lo que te conté, ni una palabra. Nahuel, querido, acá. Uh, qué raro. Siguió de largo. No me debe haber reconocido. Es de andar distraído, con muchas cosas en la cabeza. ¿Y vos? ¿Ya te decidiste? ¿Querés un submarino? Te traen la leche caliente y la barrita aparte. Yo me voy a pedir un cafecito, nada más. Cuánto tardan en atendernos, ¿no? ¿El baño estará muy sucio? No es que me quiera hacer el exquisito pero hay baños de dan asco. Prefiero mear en la calle. Usted, doctor, ¿qué prefiere?

Discúlpeme. Estoy preocupado. Yo no soy de andar pidiendo favores, pero mireme bien, pibe. Así no me van a dejar entrar al juzgado. Con la camisa arrugada y el cuello sucio. Hágame un favor. Llamé usted al mozo, que a mí no me dan bolilla. ¿Será posible? Una vez que me viene a visitar mi hijo, y nadie le ofrece nada. Qué los parió. Dejá, pibe. Nos vamos. Cuando necesiten un martillero, ya te vana a venir a llamar. Caro les va a costar. Vení, salí. Agarremos por acá. Que en la otra cuadra está el bar de Nahuel. Vos no te debés acordar porque eras chico, pero este hombre era el encargado de un edificio que administrábamos nosotros con tu tío. Vas a saber que te va a querer enseñar a jugar a las cartas. Vos decile todo que no, ¿eh? No hay que abusarse. Un cafecito y nada más. ¿Sabés qué pasa, pibe? Yo preferiría que habláramos de esto en privado. Las cosas se están complicando. Ella y mi socio. La semana pasada me cambiaron la cerradura de la oficina y ahora no puedo entrar. No me dejan agarrar mis cosas. Mi agenda, el expediente de Lombardi. Mucha seguridad, muchos perros. Algo está pasando.

Yo no quise llamarte antes porque... ¿Para qué te iba andar jodiendo? Me había olvidado que eras abogado. Que sé yo. Con la cosa que no me visitabas me fui olvidando. De esto a tu madre, nada. ¿Me entendiste, no? No quiero que se haga mala sangre. Decile que se quede tranquila que yo en un par de días voy a volver a casa. Explicale que no me puedo mover de acá. Tengo que esperar a que el juez dictamine. Cuando todo esté solucionado nos vamos a ir de vacaciones todos juntos. Vas a ver, flor de viaje nos vamos dar.

domingo, 12 de julio de 2009

Rancho aparte

El día que Carlos nos dijo que se iba a vivir a España, yo me terminé peleando con Yanina en el teléfono. A mí la noticia me ponía alegre. Qué bueno vivir en Europa. Todo el tiempo yendo a museos, caminando por pasajes empedrados, callecitas angostas. Me imaginaba a Carlos estacionando la vespa verde bajo un farol: mongomery azul, bufanda roja escocesa enroscada al cuello y el flequillo despeinado. Si hubiera sabido hablar inglés perfecto -como la hermana-, con ese corte ramonero y la tez lechosa, en Londres, podría haber pasado por un mod. Porque, aunque Carlos no se estaba yendo a Inglaterra, sino a España, unas de las ventajas de vivir en Europa era que allá todo quedaba más cerca. Había calculado que el tiempo que tardaba en llegar al centro en colectivo desde Escalada era más o menos el mismo que estando en Europa lo llevaba hasta la frontera con otros países. Qué bueno, pensaba yo. Todo el tiempo hablando con extranjeros, escuchando distintos idiomas… Culturas y ciudades antiguas, pero antiguas de verdad. No como San Telmo. Ciudades ocultas durante muchos siglos, como las catacumbas romanas.


A Yanina, en cambio, la noticia le dio bronca. A mí me lo había contado por teléfono, a Yanina, el mismo día a la salida del cine. Lo mismo ella ya lo sabía porque, inmediatamente después de hablar con Carlos, no había podido aguantarme y la llamé.

Carlos se va España, le dije. Qué novedad, me dijo ella a mí, como burlandose. Era el año 2003. Yanina me recordó el día que volviendo en taxi de la casa de Luciana, una compañera de la facultad, vimos una cola de gente arropada durmiendo en la vereda. Mirá eso, le dije. Enseguida el taxista nos explicó que hacían fila para conseguir un turno en el consulado de Italia. Yo al principio me los había confundido con un grupo de indigentes o cartoneros. Y en cierto sentido lo eran, me decía Yanina. Mendigaban un porvenir económico en una cartografía que los amparara.

Como nuestros abuelos pero al revés, ¿entendés? Para mí la situación de Carlos era distinta. En Escalada no había nada. Los talleres del tren; algunos amigos del club Villegas; y “Stigar”, esa casa de repuestos para autos que él siempre nombraba. Yanina no podía entenderlo porque siempre, desde chiquita, había vivido en el centro. Me decía que yo exageraba pero, ¿sabés lo que es vivir toda tu vida en Escalada?


Además, Europa. Yanina me explicó en qué sentido para ella la decisión de Carlos de dejar el país era producto de un “hecho histórico”. Yo en parte la seguía. Yo también estudiaba sociología. Entonces un poco la escuchaba, pero también le discutía ¿y los individuos qué?, ¿cuál es el lugar de los individuos frente a la inmensidad de “los hechos históricos”? El vacío era inminente. Carlos se estaba yendo de nuestras vidas. Y, fue re loco. Apenas yo dije eso, sentí cómo la fuerza de lo grande me arrastraba hacia el devenir presencia de la noche oscura. Me imaginé a Yanina y a mí, sin otra salida que la de una fiesta en un sótano de avenida de mayo. Los ojos delineados, las caras aturdidas y los oídos abombados por la música que Carlos jamás hubiera tolerado, ni por aburrimiento.


Era el fin de los amaneceres con luna en el peugeot 504. En la costanera los tres todavía vestidos de noche, fantaseando un café con leche y medialunas en Atalaya. Carlos decía que la ruta 11 no le gustaba. Era preferible tomar la 29 para el lado de Brandsen, y evitarnos el peaje. Nosotras nos conformábamos con rutear: salir de la ciudad, y desayunar con música en el auto. Comer medialunas un poco dormidos, un poco hipnotizados por la puesta del sol en la laguna de Chascomús, y volver por la ruta escuchando un compilado de los doors a todo volumen. Con esa música y el horizonte a los costados, para mí era como estar en el desierto de California. "This is the end my only friend" cantábamos los tres al unisono y bien entonado, sin sospechar en esa armonía el universo monótono al que nos adentrábamos.

El paisaje siempre era más o menos el mismo. Lo más importante era rutear.Cuando nos aburríamos de los casetes viejos de Carlos, llegaba el turno de los del padre. El arriero por Atahualpa, Fina estampa por Chabuca Granda, Inocente colectivo por Mercedes Sosa. Él imitaba la voz de los cantantes de folklore y nosotras le hacíamos los coritos. “El arriero va, el arriero va”. Hasta que nos quedábamos disfónicos.

A Carlos no le gustaba mucho el mate. Ni siquiera medio lavado. Prefería el té. Era un señorito inglés, un auténtico mod. Lo mismo apenas se hacía la hora del almuerzo, y se daba cuenta que estábamos en medio de la nada, se hacía el gaucho y nos exigía uno caliente y bien amargo para él también.

En una vuelta, los tres nos moríamos por un asado y Yanina se acuerda que ese domingo la familia se reunía a comer una vaquillona en la finca de los tíos. La finca quedaba en “Alegre”, un pueblo perteneciente al municipio de Ranchos. Agarramos la la ruta 20 y, como decía en el mapa, después del cruce, vimos el cartel que indicaba que estábamos a 30 km. A medida que nos íbamos acercando, Carlos descendía la velocidad. Yanina nos explicaba que había que tener cuidado con las liebres, porque eran medio tontas y muchas veces se te cruzaban en el camino.

De pronto la ruta se había hecho de ripio y unos metros más adelante de tierra. Carlos dio la orden de cerrar las ventanillas para que el auto no se le llenara de polvo. Más adelante, cuando las volvimos a abrir, a Carlos y a mí nos pareció oler a marihuana. Yanina nos explicó que eran los zorrinos, que andaban escondidos entre los yuyales. Yo no sabía si era el aire puro del campo el que acentuaba los olores, o el estómago vacío el que nos trastornaba el olfato. Lo cierto fue que en un momento el viento sopló entre los sauces y los tres coincidimos en que habíamos llegado. El humo se nos hacía agua en la boca, y un chico sonriente, enfajado y con boina negra, corría la tranquera sin bajarse del caballo.

Estábamos en primavera. A la sombra de un árbol, la mesa tendida. La madre de Yanina y las tías condimentaban las ensaladas, mientras el novio y los tíos, discutían sobre los conflictos rurales ocasionados por la sequía. Ni Carlos ni yo nos animábamos a servirnos vino hasta que por suerte fue Luisito el que nos invitó a arrimarnos a la mesa. Era el hijo del casero. Él nos llevó a conocer el molino y los cabritos recién nacidos. Re lindos. Yo no lo podía creer. Parecían peluches.

Carlos quería ver el establo. Nosotras, leer el horóscopo del domingo. Luisito nos dijo que la revista estaba había quedado adentro, con el diario en el sillón. La casa estaba dividida en dos cuerpos que desembocaban en un gran ambiente y la cocina. No había muchos muebles. Solamente el aparador donde guardaban la vajilla, una mesa para doce personas y el hogar. Cómo me gustaban los hogares. Lástima que no estaba prendido. Sobre una de las paredes colgaba el retrato de un gaucho. Este era mi bisabuelo, me dijo Yanina. Recién ahí recordé que la familia materna era judía. Yo no sabía que había judíos en el campo. Pensé que eran una colectividad que se asentaba en centros urbanos. Yanina me dijo que no dijera barbaridades. Que si nunca había escuchado hablar de los gauchos judíos. No, le dije. Gaucho malo o cantor. Pero Gaucho judío, no. “Mi bisabuelo fue uno. Aunque mi tío siempre cuenta que se había tenido que hacer gaucho a la fuerza. En la mesa le voy a decir a mí tío que te cuente esa historia”. Qué loco venirse desde allá, ¿no?, pensaba. Qué loco un gaucho judío.

Afuera, Carlos y Luisito volvían de andar a caballo. Cuando nos acercamos a la parrilla, a mí me dio un poco de impresión saber que íbamos a comer la pobre vaquita que unos días antes había estado pastando tranquila con las demás. Carlos me dijo que no fuera ridícula. Tenía razón. Esa carne estaba buenísima, bien tiernita y re jugosa.

A la hora del mate y los pastelitos Yanina y yo no podíamos ni movernos. El atardecer rojo se extendía a campo abierto en llanura, y en el rincón de la galería, Luisito tocaba una zamba. Qué bueno vivir acá, decía Carlos. Todo el día andando a caballo y tocando la guitarra. A mí me hubiera gustado quedarme hasta la noche. Hacer un fogón, escuchar más de las historias del tío… Pero era Carlos el que manejaba.


Yanina decía que todos se iban para después volver y contar la aventura con el dramatismo de los exiliados. ¿Y los que nos quedamos qué? Para mí el razonamiento de Carlos era más simple: si la hacemos, la hacemos bien. Y en vez de mudarse al centro, directamente se mudaba a Europa. Además, el hecho de que Carlos se fuera, no sólo significaba que éramos nosotras las que nos quedábamos sino que el que se estaba yendo era nuestro mejor amigo. Para colmo yo me había peleado con Javier, el chico del ciber. No estaba segura de poder soportar otro abandono. Y lo peor era que a Carlos no le podía reprochar nada. Yanina me pedía que no exagerara. Carlos tampoco era un santo. Estaba segura que se refería a la vez que nos dejó plantadas en el bar de M.T. de Alvear. Qué rencorosa. Mil veces le había explicado Carlos que ese día no había trenes y que viajar colgado del bondi no daba. ¿Qué quería, que se tomara un avión?

Miré por la ventana hacia Av.Córdoba. Era domingo. Ni un alma en la calle. A no ser por la cantidad de basura acumulada en la esquina, los domingos en el centro tampoco había nada. Los vidrios espejados de las oficinas de enfrente me devolvían la imagen ensanchada de una planicie enorme, cubierta de cemento, poblada de edificios vacíos, anónimos, inútiles. No era el desierto de Escalada pero...

Yanina me hablaba del pueblo hebreo, de las catacumbas de Villa Torlonia, de la diferencia entre el abandono y la traición. Yo quería hablar de Carlos y de la venta del peugeot 504. De que al final nunca habíamos llegado a probar las famosas medialunas de Atalaya. Carlos decía que el secreto era el agua, y los Saladeros. Lo mismo Yanina seguía en su mundo. Ya no la soportaba. Insistía en referirse a España como “la tierra prometida”. Yo la escuchaba a la vez que me huía en el masquido impaciente de un chicle de menta. Intentaba representarme la distancia futura. Me preguntaba si se parecería a la misma que esa tarde se acentuaba entre ella y yo en el teléfono, entre su postura y la mía, que en definitiva entendía la de Carlos mejor que la suya.

jueves, 4 de septiembre de 2008

La voz humana


(Ilustración Carlos Egan)

Ah, sos vos. No, no te preocupes. Sólo a una perra como vos se le ocurre llamar a estas horas.
No, no dormía. No te voy a decir que soñaba con vos, que tenías el pelo largo hasta la cintura. Yo quería peinarte y vos, para hacerte desear, te lo recogías y, después, cuando te miraba el lunar que tenés en la nuca, te lo volvías a soltar.
Estaba terminando unos informes para el laboratorio. Estábamos en el laboratorio de Azcuénaga. Yo trabajaba y vos le dabas de comer a los peces que están en la recepción.
Qué voz tenés. Voz de maltrato. Seguro me vas a pedir que vaya a buscarte. Pero olvidate, nena, hoy no.
¿Cómo estás? Mal o aburrida. Si no, no me llamarías. Pero ¿sabés algo? yo no soy tu bufón. A mí me gusta cuando nos reímos juntos, como la vez que me pediste que me ponga esas medias largas tuyas y que baile como un mariposón. Yo me reía de vos riéndote de esa manera y me salía mal el bailecito, ¿te acordás?
¿Qué pasó? Lo llamaste y no te atendió. Cuando atiende el contestador es porque está con otra. A medio vestir, te tomaste un taxi y tocaste el timbre hasta que abrió. Te hizo pasar para que te calmaras. Si estaba con María, te dio merca y te hizo pasar al cuarto. O abrió una botella de whisky y le pidió que te maquillara, que te quitara las ojeras de nena caprichosa. O, tal vez...
¿Cómo? Sí, sí, te estoy escuchando. Dale, ¿entonces? ¿fuiste o no fuiste? O, te quedaste en el molde como la señorita que sos, te miraste en el espejo y te deprimiste porque te diste cuenta de que el poco culo que tenés se te está cayendo.
¿Y para qué llamó, entonces? Para que no vayas, sabe la que le espera. Y vos te pusiste a gritarle con esa voz de chicharra que ponés cuando llorás por teléfono. Él, imperturbable, te dejó monologuear un rato mientras encendía un cigarrillo. Porque, también, con una mujer como vos, hay que tener mucha paciencia.
Sí, volví a fumar. Dale, seguí, ¿qué más te dijo? En el sueño yo te miraba la nuca, te miraba el lunar que tenés en la nuca. Ése que siempre me da ganas de metérmelo entre los dientes, de succionártelo hasta que los dientes se me tiñan de azul. Porque tu sangre, seguro, es azul como el agua de la pecera del laboratorio.
A mí me parece que no tenés que ir. Siempre el mismo verso, y después te deja por la primera pendeja que se le cruza en el camino. Porque tu culo ya no le gusta. Y ¿sabés algo? a mí tampoco. ¿Me escuchás? ¡A mí tampoco me gusta tu culo! Te digo que me gusta para que te quedes conmigo. Pero ¿sabés qué? Tenés culo de vieja decadente, como esas mujeres de las pinturas de Egon Schiele.
No entiendo entonces, ¿por qué te angustiás? Gata Flora. Y cuando llorás me pedís que te lleve a ver los peces y que te bese la nuca y después el lunar; que te succione los ojos hasta que el agua de la pecera se tiña de rojo. Porque yo sé que tus lágrimas son de sangre, son de dolor.
¿Por mí? No te digo, gata Flora. Resulta que gritás por él y llorás por mí. Por favor, Laura, no vayas. Voy a buscarte y te venís a mi casa. ¿Sí?
Laura, no te preocupes por mí. Yo voy a estar bien. Laura, si venís a casa, te voy a comprar una pecera gigante con peces de miles de colores. ¿Me escuchás? ¡Una pecera gigante!
No, Laura. ¡No llores! Ya no nos necesitamos. Laura, te necesito. Tal vez llorar juntos sea mejor para los dos.
No, cómo me voy a olvidar de vos. No me quiero olvidar de vos. Laura si me dejás me voy a volver loco. ¿Me escuchás? ¡Loco!
No, Laura. Claro que podés llamarme de vez en cuando. No, no me llames, escuchame ahora. ¿Me escuchás?
Chau, Laura. Laura, no cortes todavía. ¿Me escuchás? Tengo cosas que decirte.¿Me escuchás, Laura?

viernes, 22 de agosto de 2008

Tiro de gracia

Me acompañaba un perro. Al principio le tenía miedo. Se me había acercado con atropello, echando polvo y acelerado por la pendiente, galopaba impasible en dirección a mi mano, a mi muslo derecho como blanco. Pensé que iba a atacarme por estar haciendo algo malo, caminar por una senda privada o algo por el estilo. Atiné a correrme hacia un costado del camino por las dudas, todavía podía esquivarlo, evitar la mordedura, la sensación de sus colmillos desgarrándome la carne de un solo tarascón. (Ilustración: Carlos Egan)
El perro siguió de largo. Era un animal grande, con mucho pelo. Cuando pensé que lo peor ya había pasado el perro frenó la carrera y se detuvo unos metros más adelante que yo. El corazón empezó a latirme el estómago, y con cada golpe la onda sonora se iba expandiendo hasta la garganta. Me miraba altivo, con la lengua afuera y las orejas en punta. No sabía si eso era bueno o malo así que intenté tranquilizarme. No quería que se diera cuenta de que estaba asustada. Retomé la caminata con seguridad impostada, como si su presencia me fuera indiferente.
Nunca supe si fue mi andar despreocupado e indolente pero también él continuó la marcha, siempre adelante, guiándome en el camino. Cada tanto se detenía para asegurarse de que yo siguiera atrás, o para oler un arbusto y orinarlo. Si se demoraba, al punto de que yo terminara sacándole ventaja, interrumpía sus asuntos y corría con velocidad hasta alcanzarme.
No faltaba mucho para que comenzara el otoño. Las lluvias habían aminorado y el camino estaba seco. Unas semanas atrás, hubiera tenido que embarrarme hasta los tobillos para llegar a las cascadas. En otoño el paisaje se invertía: la sierra en su extensión era una larga cadena de cerros, sin nieve ni bosque de pinos, más bien de suelo árido y arbustos de poca altura unos aislados de los otros. En medio de esa flora sin sombra y de claveles del aire mis padres tenían una cabaña, al pie de la montaña, a mitad de camino entre el pueblo y las cascadas.
Apenas Esteban y yo nos divorciamos, no dudé en instalarme en la casa por un tiempo. Necesitaba descansar del delirio de energía que implica siempre una separación. La división de bienes había despertado la codicia, la envidia y el rencor. Y después de lograr que Esteban aceptara el divorcio (a cambio de que yo le firmara los papeles del auto a su nombre) sentí un alivio tan profundo que terminé deprimiéndome. ¿Dolor residual? Un pinchazo latente, imperceptible para la conciencia; algo parecido a la sensación de tener cuentas que pagar; o, como si habiendo perdido mucho peso todavía no supiera bien qué hacer con la piel colgante, estirada e inútil.
Las cascadas en sí eran pequeñas, pero las aguas de marzo habían aumentado el caudal y era posible hundir el cuerpo entero. Yo me contentaba con meter los pies en el agua y leer bajo la luz tibia hasta que anocheciera. A la vuelta comía nueces que encontraba en el camino y me dejaba impresionar por el sonido de los pájaros. Envuelta en esa microinmensidad que me rodeaba, creía cumplir con la ilusión de alguna vez no sentir ninguna necesidad.
Camino a ese paraíso individual, esta vez acompañada de un perro, estaba yo cuando la voz llorona se coló en nuestro andar, manso, sosegado. Un “Buuuuh, Buuuuuuuuh” fúnebre paralizó el instinto animal. Buuuuh, Buuuuuuuuh, lloraba una mujer, y el perro empezó a aullar, imitándola. Era un sonido horrible, un coro enloquecedor. Había empezado a correr viento y el llanto se dispersaba. Por momentos me parecía que salía de una choza, metida en el monte; después, por detrás, como si viniera del valle. Buuuuh, buuuuuuuuh, buuuuh, buuuuuuuuh. No podía distinguir el lamento humano de su eco, más lúgubre y deforme.
Finalmente fue el perro quien la descubrió. La puerta estaba abierta. Me asomé temerosa: primero la cabeza, y después el cuerpo, indiscreto, con pasos torpes hasta la entrada de la casa. La mujer estaba en la cama, tapada hasta el cuello con una sábana blanca. Al verme, trató de hablar en una lengua de sonidos espasmódicos que no podía controlar. Tengo hambre, hipaba, tengo hambre. Pobre mujer, pensé. De la mochila saqué un paquete de galletitas y entré con decisión auxiliadora. Pero ni bien puse un pie dentro de la casa, una barrera de olor agrio, denso, me hizo retroceder. Señoriiita, señoriiiiita. Tengo hambre, por favor, decía la mujer, y empezaba otra vez con ese llanto endemoniado: buuuuh, buuuuuuuuh. El perro me esperaba al costado de la ruta con ojos de preocupación. Desde la puerta estiré la mano con el paquete pero era evidente que la mujer no se podía mover. La casa era una habitación. Sólo entraba la cama y una especie de repisa, una tabla de madera sostenida por troncos. Sobre la repisa alguien había dejado estacionar una olla con sopa de verduras. Supuse que debía haber estado ahí varias semanas porque en el centro se habían formado hongos, y unas larvitas pequeñas e incoloras nadaban alrededor de un moho blanco, medio espumoso, hediondo. Yo trataba de no respirar por la nariz, el olor era insoportable. Me senté cerca de la cama, abrí el paquete de galletitas y le arrimé una mitad a los labios. La mujer estiró la lengua y masticó con desenfreno. Era vieja. Su aliento pastoso se me acercaba cálido cada vez que abría la boca. El aire que entraba por las ventanas circulaba sin renovar el ambiente, las ráfagas tibias no alcanzaban, más bien reanimaban el vaho. Según me había dicho, cada tres o cuatro días una vecina le llevaba algo de comer, cambiaba las sábanas y le hacía rotar el cuerpo para que no se le formaran llagas en la piel. Yo rogué que no me pidiera que la ayudara con la chata. No quería saber qué había debajo de las sábanas después de tantos días. Mientras la vieja masticaba, incansable, intenté despejar un poco el cuarto. Lavé las cacerolas, barrí. Pasé un trapo debajo de la repisa y de la cama para aminorar la cantidad de moscas que husmeaban alrededor del cuerpo postrado.
Asquerosas, pensé, les gustaba. ¿Y si la vieja está bichada?
Hay un tipo de mosca que se aprovecha de la discapacidad de los animales enfermos para hacer un nido y poner huevos. Es muy común en los perros con problemas de cadera o en los caballos de cola corta. En el lomo, a la altura del coxis, o sobre el párpado. En mil lugares posibles, la guarida es imperceptible, la mosca recubre los huevos con una lámina plástica, transparente, que los protege de cualquier sacudida. No son insectos comunes, no son mosquitos, no se alimentan con moderación de la sangre que logran extirpar en una distracción. Revolotean silenciosos, en busca de la temperatura adecuada para el desarrollo de sus crías. Trabajan con constancia y en secreto, desde la superficie, sin dejar marcas, hacía el interior. Más tarde en esa suerte de bunker nacen y crecen gusanos de todos los tamaños, se reproducen y se nutren de la putrefacción que ellos mismos producen hasta vaciar al animal, bicharlo hasta matarlo.
Podía no ser el caso. Preferí pensar en otra cosa, en refregar el piso, quitar las manchas, espantar las moscas. Pero era inútil, me volvían loca. Apenas alejaba el trapo aparecían otra vez, zumbando de a muchas, queriendo traspasar las mantas. La situación se me volvía incontrolable. Le pregunté a mujer si no prefería que la llevara a un hospital. Hablar con el cura del pueblo o con alguna autoridad municipal. La vieja negaba con la cabeza a todas mis sugerencias, y como queriendo decir que no había nada que hacer empezaba llorar otra vez. Buuuuuauuuh, buuuuh.
Algo se tenía que poder. El olor poco a poco se me volvía tolerable y quise ver el estado de esas llagas, de esas ronchas o lo que fuera que había debajo de las sábanas. No dejé que se negara, la convencí de que era necesario ver. Le pedí que confiara en mí y con delicadeza, para no ofenderla, fui corriendo las sábanas, poco a poco hasta los pies. Buuuuuuuuh, buuuuh. Un olor rancio, a carne en descomposición, a piel y uñas muertas, se liberó del cuerpo adulterado y rapidamente se expandía por toda la habitación.
Por fin sentí ganas de vomitar. Dejé la escoba sobre el marco de la puerta y corrí hasta la ruta. Me arrodillé frente a un arbusto y dos arcadas violentas vaciaron los primeros mates de la mañana. Después volví a vomitar una, dos, tres veces. La mujer me llamaba desde el cuarto. Señoriiiita, dame un poco de agua, insistía. Señoriiiita, ¿te sentís mal? Le hice señas de que estaba todo bien y descansé con los ojos cerrados, lejos del vómito, con la frente apoyada en el brazo izquierdo, contra el tronco de un nogal. El perro se había puesto de pie y se me acercaba. Podía sentir el jadeo, el olor de su pelo lanudo, su aliento. Lo miré con ojos nublados, vencidos. Me sentía culpable. Culpable e inútil por haberme demorado en entender.
Apenas recuperada volví a entrar a la casa. Sin titubeos, segura de lo que se venía, no dudé el blanco. El palo firme entre las manos, subirlo y bajarlo en un solo movimiento, resolutivo y estoico. Un palazo por la espalda, un golpe decidido a callarla hasta la calma.
Buuuuuuuuh, buuuuh. Buuuuuuuu, buuuuh. Cálmese, tuve que decirle, recia y tajante. Enseguida vuelvo. Voy hasta la cascada, a buscar agua y vuelvo.
El perro me vio perderme en dirección al pueblo. El cielo se había nublado por completo, empezaba a hacer frío y no traía abrigo. Pensé en llamar a Esteban y pedirle perdón. Pero sabía que también para nosotros era demasiado tarde.

lunes, 7 de julio de 2008

Chancho al palo

Acababa de llegar al pueblo y tenía hambre. Había caminado desde la ruta, a la altura de una estación de servicios vieja a la que llamaban “El surtidor” hasta la plaza, con el sol de frente en la cara y todo mi equipaje puesto encima. Hacía calor. Después de diez minutos de caminata quise almorzar en el primer bar con el que me crucé. Tenía unas mesas en la calle, corría buen aire y la gente tomaba cerveza helada. Dejé las mochilas en el suelo y me senté; me arrepentí de no haber tomado un taxi, no podría haberme costado más de cinco pesos, y ahora estaba cansada. Lo peor de todo fue que la comida ya se había acabado porque, según me explicó la mujer del bar, era año nuevo y más de las dos de la tarde.
Algún sándwich, ¿tampoco?, insistí pero no, sólo tragos. Di vueltas alrededor de la plaza preguntado por un lugar dónde comer hasta que por fin un viejo que paseaba un perro sin correa me señaló un pizarrón negro de doble hoja que tenía escrito grande y entre comillas, “Hay”.
El restaurante estaba vacío. Eso me dio un poco de desconfianza. Finalmente entré.En una mesa al final del salón estaban el dueño y la hija terminando de almorzar.
Siéntese, enseguida la atienden, dijo el hombre sin levantarse de su asiento, y con un gesto mudo pero eficaz mandó a su hija a que sirviera el menú.
La vi alejarse hacia la cocina. Se recogió el pelo y se ató un delantal a la cintura. Frente a la hornalla hubiera pensado que era mucho mayor que yo. Aproveché que estaba de espalda para observar su vestimenta. Enseguida el hombre me hizo saber el menú y me ofreció una copa de vino para apaciguar la espera. Me preguntó de dónde venía con tanto equipaje y eso dio lugar a que dialogáramos durante todo el almuerzo. Se llamaba Napoleón. Tenía una cara extraña, la tez roja y la piel dura. La frente arrugada y dos hoyuelos a los costados de la boca eran una constante mientras hablaba. Sonreía casi todo el tiempo, y como tenía labios cortos mostraba las encías. Me pareció un hombre amable, sereno en un principio, un poco temperamental después.Durante la conversación percibí que tenía una única preocupación: su hija Amalia. Empezó diciéndome que si bien no era fácil para un hombre criar niños sin la ayuda de una mujer, él había logrado que Amalia, la menor de cuatro, ingresara a la universidad. Con los demás todo había sido más complicado. Amalia era su promesa.
Del alto a los valles y del campo a la ciudad, dijo. En un momento me pareció que quería que habláramos de política, de las capacidades productivas del oriente frente a las de occidente; autonomía y liberación, le oí decir. Yo lo escuchaba y asentía a todo lo que el hombre decía. Lo único verdadero de esa situación era que yo sólo necesitaba una cama y el plato que Amalia, con una abnegación intimidante, había dejado sobre la mesa sin probar bocado.
También su copa estaba intacta. Napoleón en cambio ya estaba entonado. No sé si habrá sido para justificarse ante la falta de variedad en el menú, pero me acuerdo que me contó por qué en su restaurante se seguía la tradición del “chancho al palo”. Me habló de la importancia de comer chancho y no pollo como ofrecían en algunas de las tiendas del pueblo. De cómo se preparaba, cuántas horas debía estar al fuego y cuál era la madera que más convenía utilizar para lograr el mismo sabor que sus antepasados. Después me explicó el significado de comerlo en año nuevo: el chancho escarba siempre hacia adelante, dijo, el pollo, en cambio, hacia atrás.No es que desconociera que en las noticias se hablaba de salmonera y de denuncias de venta ilegal de carne de burro, pero ese día tenía tanta hambre que me hubiera dado lo mismo comer chancho, pollo o lo que fuera. Cuando Amalia apareció por fin con mi plato, me aseguré de que la carne estuviera bien cocida. Eso me pareció un requisito mínimo para poder disfrutar de la comida sin entrar en sospechas. Más no podía hacer, había caminado los siete restaurantes de la zona y todos repitieron lo mismo: “ya no hay”.La chica volvió a la mesa. Napoleón hizo una pausa para llenarse otra vez la copa y siguió hablando sobre ella con el mismo fervor, como si ignorara su presencia en el salón. Recuerdo que hizo mucho hincapié en el hecho de que sería capaz de hacer cualquier cosa para que su niña no repitiera la historia de la mayoría de las mujeres del pueblo, que se embarazaban muy temprano y abandonaban los estudios, como su esposa, me hizo saber Napoleón. Y lo que dijo lo dijo frente a la chica. Hasta me pareció que había buscado en la mirada Amalia cierta complicidad, como si se tratara de un tema ya convenido.
Cuando Amalia termine la carrera nos vamos a Europa, ¿conoce?, me preguntó levantando el pedazo de carne asada que había pinchado con el tenedor. No, le dije impulsivamente, sin considerar realmente lo que el hombre me estaba preguntando. Ayer lo ofrecimos a diez, dijo, y la gente por querer ahorrarse unos pesos prefirió cenar en lo de Elena. Hoy usted tiene el gusto, y levantó el vaso como pidiéndome permiso para seguir bebiendo.
Elena es la mujer que conocí al día siguiente en el bar que quedaba en una de las esquinas de la plaza. No llegué a su tienda por casualidad. Había salido a dar un paseo, y al ver un cartel con una inscripción que llevaba su nombre me acordé que Napoleón me había hablado de ella la tarde que había llegado al pueblo. Elena estaba ahí, de brazos cruzados detrás del mostrador. Me senté, encendí un cigarrillo y cuando ya no podía contener la braza que colgaba, me di cuenta que la mujer no iba a venir a atenderme; esperaba que le ordenaran.
Una cerveza, por favor, le dije señalando mi mesa, y un cenicero, ¿podrá ser? Se tomó su tiempo. Me miró de reojo por un momento y después se movió hacia la heladera. Llegó a la mesa justo antes de que me resignara a dejar caer la ceniza al piso. De dónde sos, me preguntó. Le expliqué dónde quedaba la ciudad donde vivía y qué había tenido que viajar un día y medio para llegar al pueblo pero que había valido la pena. Elena se limitó a asentir con la cabeza y después de destapar la botella se retiró otra vez al mostrador. Napoleón me había hablado de ella con despecho, con rencor, como si antes de tanto odio contenido hubiera habido algo más que una relación entre comerciantes. Recuerdo que se refería a Elena como “la vieja”, aunque era evidente que él era mucho mayor. Debió estar en sus cincuenta pero casi no tenía arrugas; a pesar de sus movimientos lentos y sosegados, parecía una mujer muy enérgica, apacible pero con carácter. Después de pagar la segunda cerveza me invitó la tercera. Le agradecí sorprendida por el gesto. Los paisanos empiezan a aparecer después de las ocho, si se queda un rato más va a terminar bebiendo gratis. Así se acostumbra, me dijo. La invité a sentarse a mi mesa pero con una sonrisa entre dientes y sin mirarme negó con la cabeza. Una cosa es que no haya nadie, otra, que se crean que no estoy trabajando. Después la gente comenta, agregó y yo recordé lo que Napoleón me había contado. Pero si se dice que últimamente su tienda es la que más trabaja, exageré para darle charla, ¿o no fue así durante la noche de fin de año? La mujer volvió a reírse entre dientes, esta vez más fuerte; carcajadas pequeñas pero incontenibles brotaron por entre las muelas enchapadas en oro. Se dice, se dice, bufoneó. Se enredó en justificaciones del tipo, “en este pueblo la gente es muy trabajadora pero”, “nunca tuve mucho dinero pero”, sin llegar a una idea clara de lo que me quería decir.
Finalmente, sin dejar de mirar hacia fuera, me preguntó si conocía el restaurante de Napoleón. No, contesté, sin saber por qué mentía. Anda diciendo que nadie fue a comer a su boliche a fin de año por mi culpa, dijo Elena. Quiere salvarse, agregó un momento después con tono de venganza. Lo cierto es que todo el mundo está al tanto de las cosas que anduvo haciendo en el último tiempo, de los problemas con la hija y el chico que trabajaba en la chacra de Don Javier, y lo último lo dijo bajando la voz.Yo algo había escuchado esa tarde en el restaurante, durante la sobremesa. El alcohol le tiraba la lengua. No me acuerdo a razón de qué, creo que Napoleón estaba hablando de lo fundamental que era para él una buena educación o algo así. Recuerdo que lo mencionó y pronto el diálogo se convirtió en una discusión que me dejaba afuera. Amalia por primera vez había levantado la voz. Viejo de mierda, lo insultó a la vez que golpeó la mesa. Fue un momento tenso al punto que no me animé a interrumpir, pedir la cuenta e irme. Tampoco había sido una situación violenta, la chica había reaccionado y a Napoleón no le gustó. Una típica discusión hogareña, pensé. Napoleón no parecía enojado sino dolido. Sin gritar pero con furia le ordenó a su hija que se retirase del salón y seguro de que la puerta se había cerrado, en medio de un llanto rabioso terminó contándome lo que había pasado. Amalia se había embarazado y él la había obligado a dejar de ver al chico (un holgazán según Napoleón) y después a abortar. Amalia le había rogado por favor; le había jurado y requete jurado que deseaba tener ese hijo con el chico, pero él, por su bien y pensando en el futuro, no había podido permitírselo. Por la muerte del niño, me dijo, ya le había pedido perdón a Dios.Elena parecía conocer el relato bastante al pie de la letra, porque detalle más, detalle menos, me contó la misma historia. El chico la visitaba todos los fines de semana. Trabajaba en una chacra a dos horas del pueblo y los viernes pedía permiso para visitarla. Desde que Napoleón se había enterado del embarazo nadie lo había visto por el pueblo.
Pueblo chico, infierno grande dije por decir y Elena asintió como si mi comentario resumiera lo que ella intentaba explicarme. Después abrió la boca como para agregar algo pero justo en ese momento cinco paisanos vestidos de domingo se sentaron en una de las mesas junto a la ventana. La vi alejarse hacia la mesa y mientras tomaba el pedido, me guiñó un ojo con complicidad. Supe que le caía bien, que aunque en un principio se había mostrado reticente, no le parecía una más entre todos los viajeros que rondaban la zona durante el verano. Sino no me daría tanta confianza, pensé. Era mi segundo día en el pueblo y ya me sentía parte de él y de su gente. Era pequeño pero acogedor; en el valle y desde cualquier parte donde uno anduviera se podían ver las montañas. Incluso en un momento consideré la posibilidad de algún día mudarme allí, aunque fuera por un tiempo. Pero enseguida Elena me hizo cambiar de parecer.Cobrada la cuenta de la primera ronda de tragos acercó una silla a mi mesa y se sentó. Me hizo señas de que le convidara un vaso de cerveza y retomó el hilo ayudándose con la última frase: el chico no había vuelto a aparecer por el pueblo. Algunos piensan que Napoleón se lo tiene prohibido, agregó. Pero también se dice que inmediatamente después del aborto lo mandó matar y que la noche del treinta y uno, al que cocinó al palo no fue al chancho sino al chico. Pero no se asuste, señorita, me aclaró al ver mi gesto de desconcierto, son cosas que se dicen.

Trilogía del delirio amoroso



"Escribes ¿para quién escribes?
Escribes para los muertos, para aquellos que amas en el pasado.
¿Me leerán, pues?
No".

I-La voz humana

Ah, sos vos. No, está bien, no te preocupes. (Sólo a una perra como vos se le ocurre llamar a estas horas. Sabía que eras vos porque estaba soñando que venías a verme. Tocabas el timbre y yo no podía levantarme porque estaba dormido. El cuerpo no me respondía, hacía mucha fuerza pero nada. Me duele la mandíbula de tanta fuerza que hice. Dejame pensar, a ver, sí. Tenías el pelo largo hasta la cintura; yo quería peinarte y vos, para hacerte desear, te lo recogías y, después, cuando te miraba la nuca, la nuca de cuello largo que tenés, te lo volvías a soltar. Me duele el cuello de tanta fuerza que hice.)

No, no dormía. (No te voy a decir que dormía, a ver si todavía pensás que sólo duermo y cago como vos. Pero sí, estaba durmiendo; y aunque soñaba que estaba despierto sabía que había sido poseído por el sueño. Finalmente me levantaba pero con los ojos cerrados. En realidad, los ojos los tenía abiertos; el problema eran los párpados, pesados como persianas de hierro. Me levantaba y caminaba hacia el portero eléctrico chocándome con todo lo que había alrededor, como en el gallito ciego.)

Estaba terminando unos informes para el laboratorio. Pero, no te preocupes, no me molestás. (Después aparecíamos en el laboratorio de Azcuénaga. Le dabas de comer a los peces que están en la recepción. No, entonces era en el de Córdoba. El laboratorio de Azcuénaga no tiene pecera).

Qué voz tenés. (Voz de mal dormida o de maltrato. Seguro me vas a pedir que vaya a buscarte. Pero olvidate, nena, hoy no.)

¿Cómo estás? (Mal o aburrida si no, no me llamarías. Pero sabés algo, yo no soy tu bufón. A mí me gusta verte alegre y que te rías a carcajadas como cuando me pediste que me ponga esas medias largas tuyas y que baile como un mariposón. Yo me reía de vos riéndote de esa manera y me salía mal el bailecito, ¿te acordás? Te reías tanto que te dolía la panza.)

¿Qué te pasó? Lo llamaste y te atendió el contestador. (Cuando atiende el contestador es porque está con otra. A medio vestir, te tomaste un taxi y le tocaste el timbre hasta que abrió. Estaba con María o con la hermana de Augusto. Te hizo pasar para que te calmaras. Primero, te sentó en el sillón y te dio un vaso de agua. Si estaba con María, te dio merca y te hizo pasar al cuarto. Si estaba con la hermana de Augusto, le dio la merca a ella y la rajó a patadas. O, abrió una botella de whisky y le pidió que te maquillara, que te quitara las ojeras de nena caprichosa. O, tal vez...)

¿Cómo? Sí, sí, te estoy escuchando, dale. ¿Entonces?, ¿fuiste o no fuiste? (O, te quedaste en el molde como la señorita que sos, te miraste en el espejo y te deprimiste porque te diste cuenta de que estas consumida por los nervios, de que el poco culo que tenés se te está cayendo y que no te coge porque no tiene de donde agarrarte.)

Pero ¿al final? ¿fuiste o no fuiste? (¿O te fuiste al mazo y le echaste la culpa a tu suerte de que el único boludo que atiende el teléfono a esta hora pueda ser yo?)

Ah. Te llamó él antes. (Para que no vayas, porque te conoce; sabe la que le espera. Y vos, te pusiste a gritarle como una loca, con esa voz de chicharra que ponés cuando llorás por teléfono; y le decís que lo extrañas y que lo perdonás por todo. Y él, insensible como siempre, primero aleja el tubo del teléfono para que no lo aturdas y después se lo apoya en el hombro para poder encender un cigarrillo. Porque, también, con una mujer como vos, hay que tener mucha paciencia. )

Sí. Volví a fumar, dale seguí. ¿qué más te dijo? (En el sueño le dabas de comer a los peces y yo te miraba la nuca, te miraba el lunar que tenés en la nuca, ése que siempre me da ganas de metérmelo entre los dientes y de succionártelo hasta que los dientes se me tiñan de azul, porque tu sangre seguro es azul como el agua de la pecera del laboratorio.)

Sí, conozco San Pablo muy bien, pero no sé decirte de ese hotel. (¿O, sí lo conozco? En el invierno del `85. Claro, estaba con Sandra y como no quedaban habitaciones dobles nos fuimos al Intercontinental. Pagamos el triple pero en el desayuno servían copa de camarones. Estaba con Sandra pero yo pensaba en vos.)

A mí me parece que no tenés que ir. Que te va a hacer el mismo cuento de siempre. Primero te llena de flores y después deja que te pudras con ellas. (Ni lo pienses, no voy a dejar que te vayas tan lejos. Vos te quedás acá, con o sin él, Te quedás acá, porque acá estoy yo. No te puedo prometer un viaje pero tampoco voy a dejar que te pudras como la carne de Perú, que si no la comés en el día larga un olor que no se aguanta. Vos, nena, te quedás acá.)

Quiero decir, te vas a aburrir. Te la vas a pasar encerrada en el cuarto, que puede ser muy cómodo pero... ¿encerrada hasta que se acabe el día y termines en alguna casa de juego, parada a sus espaldas mientras hace negocios jugando al backgamon? (Y, mirándole el culo a la primer pendeja que le pase cerca. Porque tu culo no le gusta. Y ¿sabés algo?, a mí tampoco me gusta tu culo. ¿Me escuchás? ¡A mí tampoco me gusta tu culo! Te digo que me gusta para que te quedes conmigo. Te digo eso porque es lo que querés escuchar. Pero, sabés algo, tenés culo de vieja decadente, como esas mujeres de las pinturas de Egon Schiele.)

Mmm, eso tenés que decidirlo vos. Si te parece que esta vez va a ser distinto, que es un viaje para estar juntos... (No ves tonta que te dice eso porque es lo que querés escuchar. Para que no lo llames a cualquier hora de la madrugada, para que lo dejes en paz. Seguro que no existe ningún viaje.)

Eso sí me sorprende. (A vos seguro que no. Siempre tan negadora. Pero claro, cómo te va a sorprender si yo dejé todo. Estás mal acostumbrada.)

Y entonces, ¿por qué te angustiás? ¿Le creés o no le creés? (Gata Flora. Y cuando llorás venís corriendo a mi casa, como en el sueño, y me pedís que te lleve a ver los peces y que te bese la nuca y después el lunar, y que te succione los ojos hasta que el agua de la pecera se tiña de rojo, porque aunque tenga los ojos cerrados yo sé que tus lágrimas son de sangre, son de dolor.)

¿Por mí? ¿Y qué tengo que ver yo en todo esto? (No te digo, gata Flora. Resulta que gritás por él y llorás por mí. Pero ya te dije que a mí me gusta verte alegre. Y sé que aunque tenga los ojos cerrados si no te vas a San Pablo voy a escuchar tu llanto de chicharra y voy a dejar todo para salir corriendo en el medio de la noche a buscarte. Laura, no te vayas. Quedate conmigo.)

Laura, no te preocupes por mí. Voy a estar bien. (Laura quedate conmigo. No te vayas a San Pablo. Voy a comprarte una pecera gigante y miles de peces de colores. ¿Me escuchás? ¡Una pecera gigante!)

No, Laura. Tal vez esto sea mejor para los dos. Ya no nos necesitamos. (Laura, te necesito. No te vayas. Laura, escuchame, tal vez llorar juntos sea mejor para los dos.)

No, no me voy a olvidar de vos. (No me quiero olvidar de vos. Laura si te vas me voy a volver loco. ¿Me escuchás? ¡Loco!)

No, Laura. No es necesario que me llames. (No me llames, escuchame ahora. ¿Me escuchás?)

Chau, Laura. (Laura, no cortes todavía. ¿Me escuchás? Tengo cosas que decirte.¡¿Me escuchás, Laura?!)



II- El bastardo


Algunos piensan que mi mamá estaba loca. La semana pasada recibí una carta del abuelo, dice que dejó un paquete para mí. Doce cartas. Ella decía que se sentía sola. Tal vez la soledad sea una especie de locura, y entonces yo también esté un poco loco, no sé. Dice que es importante, que en las cartas habla de nosotros, de la madre y el hijo. Doce cartas. Una por cada año desde que me fui, una por cada madre que nunca tuve.

Algunos piensan que mi mamá estaba loca. Que yo no me daba cuenta porque era muy chico. Dicen que cuando nací no dejaba que nadie salvo ella me tuviera en brazos. Me quería siempre a su lado, de acá para allá siempre juntos por miedo a que algo me pasara.
La de la panadería le había dicho, es una pena que este nene no vaya al jardín de infantes, tan pegadito que es a la mamá... No le vendría nada mal conocer chicos de su edad. Pero mamá no quería. Decía que todavía era muy chico. Mire al Rodrigo, decía la de la panadería, hace seis meses que me tiene ahí, dentro del aula; que no quiere dice, y no hay vuelta que darle. Si viera los otros chicos; los acostumbran bien en el jardín; calladitos, respetuosos, de lindo se portan.
Mamá le decía todo que sí pero después en casa decía que no quería mandarme al colegio. Para qué iba a mandarme al colegio si ella podía enseñarme todo y mucho más. Todas las mañanas, mientras me preparaba el desayuno hablábamos en francés. Ella decía que cuando supiera bien el francés, venderíamos todo y nos mudaríamos a París. El abuelo quería que entrara al Liceo, pero mamá decía que el Liceo no era lo que fue. Decía que todos esos profesores eran la resaca de Toulouse; y Mamá odiaba el acento del sur. El acento del sur no es tan lindo ni elegante como el de París, dijo una vez a la salida del cine. El abuelo dice que en las cartas habla mucho de París.

Los primeros años en París fueron los mejores. Mamá tenía un buen trabajo y podíamos darnos todos los gustos. Los sábados a la tarde íbamos al teatro y después a cenar siempre a un restauran distinto. Visitamos todos los museos y todos esos parques llenos de flores. A fin de mes íbamos de compras. Eso era lo que más nos gustaba. Entrábamos a negocios carísimos. Mamá se probaba trajecitos y vestidos de fiesta, y fingiendo que no nos convencían por una u otra cosa nunca comprábamos nada. Los locales de liquidación eran mis favoritos. Pasábamos horas ahí adentro. Mamá se probaba ropa ridícula y yo jugaba a sacarle fotos como si fuera una modelo. La mujer que atendía la miraba como si fuera una loca, pero para mi no estaba loca. Muy divertida y muy linda era mi mamá: alta, delgada y con el pelo largo hasta la cintura. Ella siempre se lo quería cortar y yo le rogaba que no lo hiciera. Cada vez que lo insinuaba apenas, yo la amenazaba con dejar de quererla si se lo cortaba. La nariz mucho no me gustaba. Nunca se lo dije. Lo más lindo eran sus ojos, grandes. El color medio indefinido, marrones, pero a veces me parecían amarillos. En las fotos, los días de mucho sol, le salían verdes, igualitos a los del abuelo. Tanto nos divertíamos que dejamos de esforzarnos por buscar un novio para ella y papá para mí. La gente en París es muy cerrada, decía mamá, vos sos mi hombre. Entonces, los sábados a la noche nos quedábamos en casa jugando al “Quién es Quién” y si le ganaba me dejaba pasarme a su cama sin lavarme los dientes. No sé si dirá algo de eso en las cartas, era nuestro secreto.
Al principio, con la excusa de la mudanza, los trámites de residencia y las traducciones, pasábamos todo el día juntos. Ella siempre se levantaba antes que yo. Qué bronca al despertarme. Quiero levantarme con vos, le decía. Chiquito, mamá tiene que trabajar, me decía, y yo me quedaba un rato más en la cama. Se sentaba frente a la máquina y no paraba de tipear hasta a media mañana, momento en el que interrumpía su trabajo para prepararme el desayuno y empezar con las clases de francés. Después del almuerzo, ella seguía con su trabajo y yo me entretenía con alguno de esos libritos para pintar o armando rompecabezas. A la tarde me llevaba a los juegos de la plaza Sainte Anne. Mamá se sentaba en un banco a leer o a tomar sol. A veces no hacía nada. La recuerdo sentada, cruzada de piernas, con el tapado negro y los anteojos de sol, yo la saludaba de lejos para ver si me estaba mirando. Siempre me devolvía el saludo. Una vez, justo antes de tirarme por el tobogán, la vi charlando con un hombre. Se reía mi mamá con el hombre. Varias veces la vi charlar con ese hombre en el parque mientras jugaba. Después, no lo volvimos a encontrar más.

En París tuve que ir a la escuela. Mamá empezó a trabajar en el museo y no tenía con quien dejarme a la tarde. Me gustaba ir a la escuela. Lo que no me gustaba era la maestra. A mamá tampoco. Decía que le parecía un poco tonta. Igual yo sabía todo. La de música sí me gustaba. Me prestaba el triángulo mientras ella tocaba el piano. Una vez le canté una canción que me había enseñado mamá y los chicos se rieron pero ella no.
En fútbol era el mejor. Corría rapidísimo. Cuando entré en el equipo, mamá tuvo que comprarme la camiseta y los botines; pero no me dejaba usarlos para ir a la escuela; pero para ir a los cumpleaños sí. Patrick citó a mamá para hablar. Le dijo lo del torneo. Una vez que mamá no podía ir a buscarme a la escuela, vino él en el auto. Pasamos por el trabajo de mamá y fuimos a cenar. Después fuimos a los juegos electrónicos. Mamá se enojó conmigo porque yo le pedí un helado, pero él me lo compró igual. Yo le quería pedir a mamá que se casara con Patrick. Sabía de trampas para pájaros y además era parisino, no como el otro de la provincia; mamá decía que no sabía ni hacer la lista del supermercado.
En el verano nos fuimos a la playa. Yo le quería contar a los chicos que fuimos con el Prof. Patrick, pero mamá no me dejó. Dijo que era un secreto entre los tres. Cuando volvimos de las vacaciones mamá no me dejaba atender el teléfono. Y yo, que tenía miedo de que fuera Patrick y creyera que no estábamos. Mamá dijo que así era mejor. Tal vez ni lo nombre a Patrick en las cartas. El abuelo dice que en las cartas habla de unas fotos. Cuántas fotos que sacamos en París. Para mi cumpleaños de doce me regaló la cámara. Ella me retaba porque a mí no me gustaba sacarle a los paisajes. Decía que todas las fotos que sacaba eran iguales. A ella le parecían iguales porque en todas estaba su cara: perfil, medio perfil, fumando, sería con cara de mala, sonriendo con anteojos de sol. Cada vez que miraba por el lente le descubría algo nuevo, como la cicatriz que le atravesaba la ceja y no le dejaba crecer el pelo.

Cuando nos mudamos a los suburbios todo empezó a ir de mal en peor. Nos mudamos a una casa más grande, con parque y una habitación para cada uno. Yo tuve que empezar el bachiller. Cada vez pasábamos menos tiempo juntos. Ella llegaba cansada del trabajo y de tanto manejar, y se iba derechito a descansar. Yo me arrodillaba al lado de la cama y la ponía al tanto de las novedades hasta que se quedaba dormida. A veces llegaba para la cena pero otras se iba con Nicola, el dueño de la galería, y llegaba a la madrugada.
Yo ya no necesitaba tener papá; pero ella decía que se sentía sola. El abuelo dice que todos piensan que mi mamá estaba loca, pero ella decía que se sentía sola. Decía que ya me estaba haciendo grande y que cuando decidiera casarme, “en una casa tan grande, sola”. Yo no me voy casar, le dije, vos sos mi mujer. Se sonrío y me dio un beso en la frente. No me devolvió el cumplido.

Al poco tiempo empecé a salir con una compañera del colegio. No le gustaba nada esa chica a mamá. “Muy confianzuda y un poco obsecuente para mi gusto”, decía. Todas mis novias se esforzaban por caerle bien a mamá. Qué estúpidas. En la mesa, no podía aguantarlas, con esos modales de francesitas... Siempre se ofrecían a lavar los platos y yo sólo quería cogerlas. Finalmente, me las cogía. A Celine le mostré las fotos que le había sacado a mi mamá desnuda sin que se diera cuenta. Una tarde de verano, había salido de ducharse en bata, se recostó sobre la cama y se quedó dormida. Entré al cuarto despacito y sin que se diera cuenta solté el lazó que unía los extremos de la bata. La luz que entraba por las ranuras de la persiana se esparció por el cuerpo desnudo y recién humectado con crema. El hombro izquierdo había quedado al descubierto y una teta enorme asomando. Celine dijo que le gustaron las fotos, pero nunca quiso confesar que la excitaron. No llegamos ni a la mitad del rollo y ya me la estaba chupando. Y eso que no le mostré las de mamá y Nicola. Esas sí que eran saladas. Me hice mil pajas. No creo que mamá se refiera a esas fotos en las cartas. A mamá no le importaba nada cuando estaba con Nicola. Yo me daba cuenta que estaba caliente; se ponía esa camisa que se le veían todas las tetas, no paraba de tomar vino y hablaba en doble sentido. Hasta yo me calentaba cuando se ponía esa camisa. Pero me daba bronca igual, mamá se merecía algo mejor.

El abuelo dice que tal vez sea importante leer las cartas. Dice que habla de nosotros, de mí y de ella antes de que me fuera. No sé si será bueno saber lo que pensaba mamá de nosotros en el último tiempo. Yo estaba cansado, de mí y de ella, estaba cansado en el último tiempo. Me la pasaba todo el día dando vueltas por la casa sin saber qué hacer. A la universidad no fui y tampoco tenía que trabajar. Saltaba de la cama después del mediodía para atender la llamada diaria de mamá con voz de recién despierto. Durante la tarde me las ingeniaba para hacer alguna actividad como para poder rendirle cuenta de mi tiempo. Mamá se preocupaba mucho por mi futuro. Pero yo no podía pensar en eso. Las cosas entre ella y yo se estaban poniendo cada vez más difíciles. Además, como de costumbre, éramos tres. Mamá invitó a Jean Paul a que viviera con nosotros sin consultarme. Siempre tan espontánea mi mamá en sus decisiones. Una vez más quiso convencerme de que era una buena idea para los dos. Para cubrir los gastos de la casa, me dijo; para que duerma con vos todas las noches, quise decirle, ¿o acaso Paul iba a dormir en mi habitación?. No me resultó fácil ocultarle cuanto me en fastidió aquella vez su exceso de espontaneidad. Me vi tentado a hacérselo notar, pero no lo hice. Mamá jugaba a enamorarse cada dos meses. No es que Jean Paul fuera un mal tipo, era uno más. Además, no faltaba tanto para que mamá empezara a detestarlo, y la convivencia aceleraría las cosas. Pero, ¿para qué repetir la misma situación una y otra vez? Si no hacía algo me iba a volver loco. No sé que habrá pensado mamá de todo lo que hice. Tal vez algo diga en las cartas. No lo sé. Dicen que estaba loca, tal vez los dos estábamos locos, solos y locos.


III- La madre
Sí, soy yo. Estoy vieja y sucia. ¿Cómo me reconociste? Vení, sentate. Estás grande, ¿eh? Alta, delgada, linda. Estás hecha toda una mujer. Vos sabés que ya ni me acuerdo cuándo fue la última vez que te vi. Eras chiquita, tendrías… Qué sé yo cuántos años pasaron. ¿Y tu papá? ¿Y el más chico, cómo se llamaba? Un delincuente debe ser ése. El que a veces pasa por acá es tu marido. Rico chico. Alto, grande, lindo. Parece un ejecutivo. Siempre estoy tentada de preguntarle por ustedes, pero qué sé yo, me da no se qué.
Rajá de acá, ¿querés? No te das cuenta que estoy ocupada con la señora. Vos no le des bolilla, es un viejo borracho. Vení, contame. Y tu papá, ¿cómo anda? ¿Y tu hermanito, el que sufría de asma? ¿Yo?, nada, acá andamos. Por ahí, mañana me voy, me mudo. Pero no sé, vamos a ver. Algo va a salir, qué sé yo…
La otra vez ese viejo me quería pegar con un palo. Pero los chicos que duermen en la galería de la otra cuadra lo echaron a patadas, y el más chiquito se tuvo que quedar conmigo toda la noche. Andaba por acá hace un rato. ¿Dónde está? A ver... ¡Polaco! Pará que le pregunto al Polaco y te lo muestro, se parece a Arielito. ¡Polaco! Bueno, no importa. No viene nunca Arielito, debe andar con el padre. Qué lindo que vos estés acá. Cuántos años, ¿no?
La gente nos mira, ¿viste? ¡Qué miran! ¡Envidiosos! Les da envidia que estés hablando conmigo. Una mujer con la vieja loca, una mujer con todas las letras. Y ¿vos? Pobrecita, tan chiquita y siempre con ése asma. ¿Viste? Yo te lo curé. A tu hermano no se lo pude curar pero a vos sí. Seguí todos los consejos que me dio el cura Carlos. Ahora se te ve bien, rosadita la piel. Si vieras cuando te agarraban esos ataques, verde de pálida te ponías, qué susto. Ligerito a lo del cura Carlos, ¿te acordás? Alto, joven, buen mozo era. ¿Y María? ¿La ves? Ella estaba enamorada del cura. Qué cosa, enamorarse de un cura. Cuánto tiempo, cuántos recuerdos...
Yo pensé que ya no te iba a volver a encontrar. Me hacés acordar a mí cuando era joven, de linda era. Me decían que me parecía una actriz de cine. Por la piel, de porcelana, como la tuya. Y por el pelo. Mi hermana me hacía unos peinados... Ahora lo tengo todo feo, opaco, pero bueh, qué va a ser.
¿Y vos? Contáme, dale. ¿Pudiste terminar la escuela? Pobre tu papá, lo que luchó con ustedes… ¿Y María? Me acuerdo seguido de María porque a la vuelta hay una chica que se le parece mucho. Anda siempre de negro, misteriosa como era ella, ¿te acordás? Todos le andaban atrás, pero ella nada, siempre con el cura de acá para allá.
El cura Carlos. De todo sabía. Menos remedios y más amor. A esa chica le falta atención, necesita una madre. Pero más que una madre yo era como una abuela. Todos los gustos te daba. En cada quiosco me hacías parar; y todo de mi bolsillo porque no le podía decir a tu papá que...
Ay, chiquita, eras tan chiquita. Parece mentira. Pará qué llamo al Polaco. ¡Polaco! Mirá quién vino. Vení que te la voy a presentar. Esta es mi hija, Polaco. ¿Viste? Yo te dije. Me vino a buscar, me lleva a vivir con ella. Yo le hablé mucho de vos al Polaco. ¿No, Polaco? De vos y de tu papá. Y, decime, ¿cómo anda tu papá? Muy buen mozo era tu papá. Alto, grande, elegante. Siempre arreglado. Yo le almidonaba las camisas y parecía un ejecutivo. No como estos villeros, roñosos.
Escúchame nena, ¿te casaste? ¿Tenés chicos? ¿Tres? ¡Aaah, qué alegría! ¿Cómo se llama la más chiquita? No, no sé. No me imagino. No, no me digas. ¿En serio? pero, qué sorpresa. Qué honor. Porque eso es un honor para mí. Me hiciste emocionar. ¡Viste, Polaco! ¿Qué edad tiene? ¿Y, se parece a vos? Qué linda, me gustaría conocerla. Cuántos recuerdos...
Vos sabés que con la cosa de que no nos veíamos me olvidé, me fui olvidando. Tantas cosas pasaron, qué tragedia. No, no te pongas a llorar que me vas hacer poner mal a mí. No, no es que me olvidé. Qué sé yo, no me di cuenta. Ay, nena, eras una nena. Ahora sos una mujer. Sentate más acá que te vas a ensuciar el trajecito.
¿Otra vez vos? Dejanos tranquilas, que estamos conversando. No ves que estoy con la señora. Salí de acá o voy a llamar al Polaco. Vení, nena, quedate tranquila, no le tengas miedo. Si estás conmigo nunca te va a pasar nada.
Y vos vijo roñoso, no te acerques a mi hija. Esperá, nena, no te vayas. Voy a llamar al Polaco. ¡Polaco! Lleváte al viejo que asusta a la señora. No te vayas nena, quedate un ratito más. ¡Por favor! Viejo borracho. Asustaste a la nena. Te voy a matar. Cuando vengan los chicos les voy a contar lo que hiciste. Envidioso. Te voy a matar a palos. Ahora va a venir mi hija con el marido y me van a llevar a vivir con ellos y vos te vas a quedar solo. ¿Me escuchaste? Solo. Viejo roñoso. Ya vas a ver, ahora viene mi hija y mi yerno y me mando a mudar.