sábado 22 de agosto de 2009

El padre

"¿qué le diré a mis hijos,

que yo no soy capaz?"

(Los niños y los locos)


Buenas noches, Doctor. ¿Cómo le va? Qué dice, qué cuenta. Me agarra haciendo tribunales, como dicen ustedes. Esta mañana me llamaron del juzgado diciendo que ya estaba el edicto de remate de la propiedad de Lombardi, pero no sé qué pasa hoy. Mucha seguridad, muchos perros. A mí no me quisieron dejar entrar. Y acá me tiene: esperando. Ahora, mire como son las cosas, justamente ayer, pensé en llamarlo. Nada urgente, nada grave. Algunas consultitas, como todos los años, para no perder la cordialidad. ¿Le dije que cambiamos de oficina? No sé si usted se acuerda que la semana pasada estábamos en la calle Uruguay, frente al kiosco de revistas. Bueno, nos mudamos a la calle Talcahuano.

El tema me tiene un poco preocupado. De eso también quería hablarle. De mi socio. Se mete donde no se tiene que meter. No sé si me explico, doctor: las cosas se están complicando. De todas maneras, no quisiera entretenerlo más con esto ahora, ¿le molestaría dejarme su tarjeta? Ando sin nada encima y mi secretaria vuelve de vacaciones recién el próximo martes. La verdad es que sin ella me siento un poco perdido. Usted entiende lo que le quiero decir.

Soy un hombre grande, de experiencia. Treinta y ocho años en el rubro. ¿Tiene idea de lo que significa administrar un consorcio? ¿Se imagina la cantidad de problemas que surgen a diario en una propiedad horizontal? ¿Qué edad tiene usted? Calcule, podría ser mi hijo. Nahuel también quería meterse en abogacía pero en esa época yo lo necesitaba trabajando conmigo. Eso mi mujer no me lo va a perdonar nunca. Ojo que a Nahuel le va muy bien. Tiene una inmobiliaria grande, allá, por Beccar. Lindo negocio se armó. Escúcheme, pibe, yo sé que debe andar con poco tiempo pero la verdad es que me gustaría hablar con usted. Estoy preocupado.

A ver espere. No mire. Le pido discreción. En la vereda de enfrente está mi socio. Ahí, en el kiosco. ¡No se de vuelta! Venga. Sígame. Déjeme invitarle un café. En la otra cuadra hay un bar donde vamos a poder hablar más tranquilos. Cuénteme, disimule, ¿cómo andan los suyos? ¿Las mujeres? ¿Los viajes? La otra vez me acordaba de usted porque mi hijo Nahuel también suele irse de vacaciones a lugares raros. A la India dice que se quiere ir este año. Parece que a través de un amigo consigue unos pasajes muy baratos. ¿A la India le digo yo? Sí, me dice, viejo, a la India. Está bien, le digo, si a vos te gusta. Ya está grande, tiene su plata, hace su negocio. Y dígame, pibe, usted conoce la India?

Entre, pasé, disimule, que todo está en orden. Me parece que mi socio no nos vio. Pida lo que quiera. Yo lo invito. Dese el gusto. En una época venía mucho a este bar porque el dueño era amigo mío. Murió hace unos años. Nahuel se llamaba también, como mi hijo. Murió joven. Mire como son las cosas, cuando yo lo conocí era el portero de un edificio que administrábamos nosotros, en Vicente López. Los vecinos querían sacárselo de encima porque les costaba caro mantenerlo. Yo le decía al presidente del consorcio, no lo echen, traten de charlar. El Suther no es joda. Van a tener que ponerse. Me entiende lo que le digo, ¿no? Mucha plata se llevó mi amigo. Y bueno, se compró este bar. Flor de bar.

Y después, sí. Le gustaba el juego. Las cartas. Y le daba al pucho también. ¿Usted fuma, pibe? ¿Me convida uno? Ahh. Y bueh... Qué va a ser… Hacía tiempo que no pensaba en Nahuel. Usted sabe que el tipo había quedado tan agradecido conmigo que cada vez que traía a mi pibe lo atendían como a un rey. Que submarino, que tostado de jamón y queso. De todo nos van a traer. Vas ver.

Mirá qué casualidad, ese que está en la puerta es mi hijo. Te pido discreción. De lo que te conté, ni una palabra. Nahuel, querido, acá. Uh, qué raro. Siguió de largo. No me debe haber reconocido. Es de andar distraído, con muchas cosas en la cabeza. ¿Y vos? ¿Ya te decidiste? ¿Querés un submarino? Te traen la leche caliente y la barrita aparte. Yo me voy a pedir un cafecito, nada más. Cuánto tardan en atendernos, ¿no? ¿El baño estará muy sucio? No es que me quiera hacer el exquisito pero hay baños de dan asco. Prefiero mear en la calle. Usted, doctor, ¿qué prefiere?

Discúlpeme. Estoy preocupado. Yo no soy de andar pidiendo favores, pero mireme bien, pibe. Así no me van a dejar entrar al juzgado. Con la camisa arrugada y el cuello sucio. Hágame un favor. Llamé usted al mozo, que a mí no me dan bolilla. ¿Será posible? Una vez que me viene a visitar mi hijo, y nadie le ofrece nada. Qué los parió. Dejá, pibe. Nos vamos. Cuando necesiten un martillero, ya te vana a venir a llamar. Caro les va a costar. Vení, salí. Agarremos por acá. Que en la otra cuadra está el bar de Nahuel. Vos no te debés acordar porque eras chico, pero este hombre era el encargado de un edificio que administrábamos nosotros con tu tío. Vas a saber que te va a querer enseñar a jugar a las cartas. Vos decile todo que no, ¿eh? No hay que abusarse. Un cafecito y nada más. ¿Sabés qué pasa, pibe? Yo preferiría que habláramos de esto en privado. Las cosas se están complicando. Ella y mi socio. La semana pasada me cambiaron la cerradura de la oficina y ahora no puedo entrar. No me dejan agarrar mis cosas. Mi agenda, el expediente de Lombardi. Mucha seguridad, muchos perros. Algo está pasando.

Yo no quise llamarte antes porque... ¿Para qué te iba andar jodiendo? Me había olvidado que eras abogado. Que sé yo. Con la cosa que no me visitabas me fui olvidando. De esto a tu madre, nada. ¿Me entendiste, no? No quiero que se haga mala sangre. Decile que se quede tranquila que yo en un par de días voy a volver a casa. Explicale que no me puedo mover de acá. Tengo que esperar a que el juez dictamine. Cuando todo esté solucionado nos vamos a ir de vacaciones todos juntos. Vas a ver, flor de viaje nos vamos dar.

domingo 12 de julio de 2009

Notas sobre "Mi cuerpo es una Celda" de Alberto Fuguet

Le dije al monje: ¿Y usted cree en eso?
Murmuró: No lo sé
Insistí: Si sobre la tierra existieran otros seres diferentes a nosotros, ¿cómo es posible que no los conozcamos desde hace tiempo, cómo es posible que usted no los haya visto nunca, cómo es posible que yo no los haya visto?
(“El Horla”, Guy de Maupassant, 1887.)


El regreso del autor muerto

Mi cuerpo es una celda es un libro que debería ser leído por cualquiera que alguna vez haya escuchado el nombre de Andrés Caicedo: el Kourt Cobain de la literatura; el James Dean de la máquina de escribir; el Jerry Lewis de la tragedia; el rey de la primera persona; el gótico más solitario del mundo; el más capito de todos los emocionales, el más vampírico de los cinéfilos. Tres décadas después de su muerte, la figura del joven escritor colombiano –autor de Que viva la música y director de la revista Ojo al Cine– vuelve a la escena cultural, esta vez de la mano de Alberto Fuguet.
Luego de una larga investigación y recopilación de material no ficcional escrito entre 1966 y 1977 –cartas y poemas inéditos, artículos sobre cine, y otros bonus track–, el escritor y cineasta chileno se propone reconstruir una historia que ya había sido narrada: la autobiografía de Andrés Caicedo.

“Caicedo on Caicedo”

A diferencia de El cuento de mi vida –trabajo editorial realizado por su hermana, María Victoria Caicedo, en colaboración con Elvira Bonilla–, Mi cuerpo es una celda no posee intervenciones textuales ajenas a la pluma de Andrés Caicedo. La voz de Alberto Fuguet aparece recién en un segundo apartado al que llama making off (cómo se hizo este libro). En esa sección Fuguet no sólo describe su experiencia con el material recopilado sino que además sugiere cómo leerlo: como una autobiografía o “confesiones a la San Agustín”, un libro de no ficción o un documental narrado (en primera persona) por un autor muerto hace treinta y un años.
Narrar la vida de Andrés Caicedo a partir de sus textos no ficcionales es un recurso que en la dirección de Fuguet pronto se convirtió en la máxima que guiaría su trabajo: “este es el libro que Andrés quiso escribir”, operación que a su vez le permite afirmar que el resultado final de Mi cuerpo es una celda es una autobiografía.
Qué papel juega Alberto Fuguet en todo esto aparece claramente justificado en el mismo apartado: “No se me ocurre otra manera de entender mi proceso y mi lazo con Mi cuerpo es una celda, que el de un montajista que se encontró con mucho material y un director-guionista que ya no está. Lo bueno del caso es que me topé con unos productores que querían que respetara la visión del autor”. En esa sección que se niega a hacer de prólogo, Fuguet da testimonio de un proyecto pensado como “algo cinematográfico”, y de todas las posibilidades e imposibilidades ligadas a ese querer “hacer algo acerca de Caicedo”.

“Todo lo que está en el libro ha sido escrito por Caicedo”.

¿Qué es lo que tanto seduce de Caicedo?, ¿la muerte premeditada, una literatura programada?, ¿su cinefilia contagiosa?, ¿su cobardía paranoica? Son cuestiones que de algún modo interpelan a Alberto Fuguet. Pero detrás de estas preguntas (o más allá de las respuestas) hay otra más profunda, o al menos de mayor urgencia: ¿por qué recién hoy? “Aún me cuesta creer que supe de la existencia de Andrés Caicedo hace tan poco (…) ¿Dónde estaba yo? ¿Dónde estaban sus libros? En rigor: ¿dónde estaba él cuando más lo necesitaba?”
Una respuesta posible sería pensar que la obra de Andrés Caicedo no podría sino haber sido leída a la luz del giro testimonial, confesional y autorreferencial por el cual está siendo atravesada la literatura actual, y de ciertos tópicos que hoy más que nunca son tendencia en el campo de la crítica y del arte: “creyó en la crónica y en la no ficción, en el cine y en el yo, en el mito del poeta y el rockero que muere joven y que deja obra para contar”. Fuguet lo sugiere al referirse al escritor calenio como un “adelantado”.
Por otro lado, Fuguet no pierde de vista que Andrés Caicedo, antes de ser un adelantado, fue una persona muy precavida. Había programado su muerte tanto como el destino de sus producciones: “renuevo el género epistolar, en donde se puede encontrar, después de mi muerte, algo de lo mejor que he escrito". Antes de despedirse, no sólo dejó varios números de su revista Ojo al Cine listos para publicar, sino además los manuscritos de ficción y copia carbón de las cartas que mandaba durante su estadía en Bogotá, Los Ángeles y Huston. Es el mismo Caicedo quien le sopla la idea a Fuguet.
Mi cuerpo es una celda es un libro que, sin lugar a dudas, hubiera encantado al Andrés escritor y cineasta. Tiene algo de vampírico ese permanecer siempre vivo, joven y maldito en la memoria de “unos pocos buenos amigos” o bajo la dirección y el montaje de los nuevos buenos críticos y lectores de su obra como es el caso de Alberto Fuguet.

¡Vayan a saludar a la nueva bohemia!

Semana Santa no es ninguna novedad. El Pastor y la Joven Guarrior vienen sonando hace más de un año, en bares, teatros y terrazas culturales de la ciudad. Las nueve canciones escogidas para el disco son una muestra degustación del plato fuerte de la Guarrior: la puesta en escena y el sonido crudo y refinado que logran en vivo. Grabado y mezclado por El Ingeniero (músico integrante y sonidista de la banda) en una casa en Paternal, este primer CD se distribuye antes y después de cada recital y también se encuentra en la página del grupo:www.lajovenguarrior.com.ar


“Detrás del telón hay otro”

Un recital guarrior no es solamente un concierto de música; tampoco se trata de un espectáculo teatral. Si por varieté se entiende un show en el que intervienen artistas de diversas áreas, la propuesta de la Guarrior probablemente vaya en esa dirección. El elemento musical más que al servicio de la canción, está al servicio de lo que se quiere narrar y mostrar: una escena musical interpretada por una orquesta de músicos-actores.


















Si bien los personajes son siempre los mismos -un Pastor melancólico y un tanto descarriado (voz y guitarra criolla), seguido de un Perro Viejo (voz y accesorios) y su rebaño de guerreros: el Gasista (clarinete, guitarra, charango, melódica, vos), el Carnicero (berimbau, cajón peruano, voz), el Ingeniero (bajo criollo, voz y sonido), el Pochoclero, (voz, cajón peruano, guitarra), el Vietnamita (guitarra criolla), la Señorita Junco (trompeta y voz), Zé Pequeno (matófono, melódica y percusión, voz), el Nuevo (percusión) y el Líder de los Wichis (quena)-, el tópico de los shows es siempre distinto. Las canciones, al igual que las intervenciones actorales, cumplen una función específica dentro de una narración mayor. El orden y la disposición de las mismas se organizan de acuerdo a una temática inspirada en el contexto y el lugar a donde los Guarrior son invitados a tocar. Las intervenciones, en boca del Perro Viejo, son improvisaciones que funcionan como intermezzos y a su vez anticipan lo que sucederá a continuación.

“Pague por sufrir, cómprese un perdón, que yo esta noche iré para el infierno a festejar que soy parte de lo social”

El concepto guarrior es el de todo movimiento artístico que se proclama avant-garde: la llegada de una nueva bohemia que viene a enfrentar la tradición, polemizando con ella y amenazando trastocar los significados establecidos en el campo sociocultural.
Si hay algo que los jóvenes guarrior se oponen es a la especialización en el arte y la profesionalización del artista: los músicos están disfrazados de actores y los actores de músicos; todos tocan un instrumento pero se esconden detrás del ropaje de otros oficios (pastor, gasista, carnicero ingeniero, etc.). Las letras de las canciones denuncian en tono sarcástico y burlón los valores y contradicciones ideológicas de la clase media de la cual también ellos son y se saben parte. Frente a la retórica alarmista de los medios de comunicación, los jóvenes guarrior sostienen que “no pasa nada/ sabemos que todo es ficción/ pantallas de color/ Papá Noel soy yo”. La figura del político es equiparada a la de un RR.PP, ("es natural matar dos pibes sin pensarlo/ es natural/ y construir un mundo entero sin un mango/ es natural/ si sos un R.PP.”) y su discurso, a un doble sermón (“pare de sufrir/ sea ultra Pro/ y venga a rezar”).
Para la Joven Guarrior la historia nacional se inscribe también en un relato mayor que es la conquista de América, y ésta se cuenta en clave criollista: “Marrón, marrón/ ni negro ni amarillo/ marrón, marrón/ somos todos mestizos”. La estética guarrior aparece justamente en el cruce de diferentes discursos y registros sociales y sus respectivos ritmos y estilos musicales. Allí conviven la gauchesca, el tango, pero también el rock, la cumbia y el flamenco. El manifiesto guarrior es, en definitiva, una invitación: “vengan a saludar a la nueva bohemia”.


Rancho aparte

El día que Carlos nos dijo que se iba a vivir a España, yo me terminé peleando con Yanina en el teléfono. A mí la noticia me ponía alegre. Qué bueno vivir en Europa. Todo el tiempo yendo a museos, caminando por pasajes empedrados, callecitas angostas. Me imaginaba a Carlos estacionando la vespa verde bajo un farol: mongomery azul, bufanda roja escocesa enroscada al cuello y el flequillo despeinado. Si hubiera sabido hablar inglés perfecto -como la hermana-, con ese corte ramonero y la tez lechosa, en Londres, podría haber pasado por un mod. Porque, aunque Carlos no se estaba yendo a Inglaterra, sino a España, unas de las ventajas de vivir en Europa era que allá todo quedaba más cerca. Había calculado que el tiempo que tardaba en llegar al centro en colectivo desde Escalada era más o menos el mismo que estando en Europa lo llevaba hasta la frontera con otros países. Qué bueno, pensaba yo. Todo el tiempo hablando con extranjeros, escuchando distintos idiomas… Culturas y ciudades antiguas, pero antiguas de verdad. No como San Telmo. Ciudades ocultas durante muchos siglos, como las catacumbas romanas.


A Yanina, en cambio, la noticia le dio bronca. A mí me lo había contado por teléfono, a Yanina, el mismo día a la salida del cine. Lo mismo ella ya lo sabía porque, inmediatamente después de hablar con Carlos, no había podido aguantarme y la llamé.

Carlos se va España, le dije. Qué novedad, me dijo ella a mí, como burlandose. Era el año 2003. Yanina me recordó el día que volviendo en taxi de la casa de Luciana, una compañera de la facultad, vimos una cola de gente arropada durmiendo en la vereda. Mirá eso, le dije. Enseguida el taxista nos explicó que hacían fila para conseguir un turno en el consulado de Italia. Yo al principio me los había confundido con un grupo de indigentes o cartoneros. Y en cierto sentido lo eran, me decía Yanina. Mendigaban un porvenir económico en una cartografía que los amparara.

Como nuestros abuelos pero al revés, ¿entendés? Para mí la situación de Carlos era distinta. En Escalada no había nada. Los talleres del tren; algunos amigos del club Villegas; y “Stigar”, esa casa de repuestos para autos que él siempre nombraba. Yanina no podía entenderlo porque siempre, desde chiquita, había vivido en el centro. Me decía que yo exageraba pero, ¿sabés lo que es vivir toda tu vida en Escalada?


Además, Europa. Yanina me explicó en qué sentido para ella la decisión de Carlos de dejar el país era producto de un “hecho histórico”. Yo en parte la seguía. Yo también estudiaba sociología. Entonces un poco la escuchaba, pero también le discutía ¿y los individuos qué?, ¿cuál es el lugar de los individuos frente a la inmensidad de “los hechos históricos”? El vacío era inminente. Carlos se estaba yendo de nuestras vidas. Y, fue re loco. Apenas yo dije eso, sentí cómo la fuerza de lo grande me arrastraba hacia el devenir presencia de la noche oscura. Me imaginé a Yanina y a mí, sin otra salida que la de una fiesta en un sótano de avenida de mayo. Los ojos delineados, las caras aturdidas y los oídos abombados por la música que Carlos jamás hubiera tolerado, ni por aburrimiento.


Era el fin de los amaneceres con luna en el peugeot 504. En la costanera los tres todavía vestidos de noche, fantaseando un café con leche y medialunas en Atalaya. Carlos decía que la ruta 11 no le gustaba. Era preferible tomar la 29 para el lado de Brandsen, y evitarnos el peaje. Nosotras nos conformábamos con rutear: salir de la ciudad, y desayunar con música en el auto. Comer medialunas un poco dormidos, un poco hipnotizados por la puesta del sol en la laguna de Chascomús, y volver por la ruta escuchando un compilado de los doors a todo volumen. Con esa música y el horizonte a los costados, para mí era como estar en el desierto de California. "This is the end my only friend" cantábamos los tres al unisono y bien entonado, sin sospechar en esa armonía el universo monótono al que nos adentrábamos.

El paisaje siempre era más o menos el mismo. Lo más importante era rutear.Cuando nos aburríamos de los casetes viejos de Carlos, llegaba el turno de los del padre. El arriero por Atahualpa, Fina estampa por Chabuca Granda, Inocente colectivo por Mercedes Sosa. Él imitaba la voz de los cantantes de folklore y nosotras le hacíamos los coritos. “El arriero va, el arriero va”. Hasta que nos quedábamos disfónicos.

A Carlos no le gustaba mucho el mate. Ni siquiera medio lavado. Prefería el té. Era un señorito inglés, un auténtico mod. Lo mismo apenas se hacía la hora del almuerzo, y se daba cuenta que estábamos en medio de la nada, se hacía el gaucho y nos exigía uno caliente y bien amargo para él también.

En una vuelta, los tres nos moríamos por un asado y Yanina se acuerda que ese domingo la familia se reunía a comer una vaquillona en la finca de los tíos. La finca quedaba en “Alegre”, un pueblo perteneciente al municipio de Ranchos. Agarramos la la ruta 20 y, como decía en el mapa, después del cruce, vimos el cartel que indicaba que estábamos a 30 km. A medida que nos íbamos acercando, Carlos descendía la velocidad. Yanina nos explicaba que había que tener cuidado con las liebres, porque eran medio tontas y muchas veces se te cruzaban en el camino.

De pronto la ruta se había hecho de ripio y unos metros más adelante de tierra. Carlos dio la orden de cerrar las ventanillas para que el auto no se le llenara de polvo. Más adelante, cuando las volvimos a abrir, a Carlos y a mí nos pareció oler a marihuana. Yanina nos explicó que eran los zorrinos, que andaban escondidos entre los yuyales. Yo no sabía si era el aire puro del campo el que acentuaba los olores, o el estómago vacío el que nos trastornaba el olfato. Lo cierto fue que en un momento el viento sopló entre los sauces y los tres coincidimos en que habíamos llegado. El humo se nos hacía agua en la boca, y un chico sonriente, enfajado y con boina negra, corría la tranquera sin bajarse del caballo.

Estábamos en primavera. A la sombra de un árbol, la mesa tendida. La madre de Yanina y las tías condimentaban las ensaladas, mientras el novio y los tíos, discutían sobre los conflictos rurales ocasionados por la sequía. Ni Carlos ni yo nos animábamos a servirnos vino hasta que por suerte fue Luisito el que nos invitó a arrimarnos a la mesa. Era el hijo del casero. Él nos llevó a conocer el molino y los cabritos recién nacidos. Re lindos. Yo no lo podía creer. Parecían peluches.

Carlos quería ver el establo. Nosotras, leer el horóscopo del domingo. Luisito nos dijo que la revista estaba había quedado adentro, con el diario en el sillón. La casa estaba dividida en dos cuerpos que desembocaban en un gran ambiente y la cocina. No había muchos muebles. Solamente el aparador donde guardaban la vajilla, una mesa para doce personas y el hogar. Cómo me gustaban los hogares. Lástima que no estaba prendido. Sobre una de las paredes colgaba el retrato de un gaucho. Este era mi bisabuelo, me dijo Yanina. Recién ahí recordé que la familia materna era judía. Yo no sabía que había judíos en el campo. Pensé que eran una colectividad que se asentaba en centros urbanos. Yanina me dijo que no dijera barbaridades. Que si nunca había escuchado hablar de los gauchos judíos. No, le dije. Gaucho malo o cantor. Pero Gaucho judío, no. “Mi bisabuelo fue uno. Aunque mi tío siempre cuenta que se había tenido que hacer gaucho a la fuerza. En la mesa le voy a decir a mí tío que te cuente esa historia”. Qué loco venirse desde allá, ¿no?, pensaba. Qué loco un gaucho judío.

Afuera, Carlos y Luisito volvían de andar a caballo. Cuando nos acercamos a la parrilla, a mí me dio un poco de impresión saber que íbamos a comer la pobre vaquita que unos días antes había estado pastando tranquila con las demás. Carlos me dijo que no fuera ridícula. Tenía razón. Esa carne estaba buenísima, bien tiernita y re jugosa.

A la hora del mate y los pastelitos Yanina y yo no podíamos ni movernos. El atardecer rojo se extendía a campo abierto en llanura, y en el rincón de la galería, Luisito tocaba una zamba. Qué bueno vivir acá, decía Carlos. Todo el día andando a caballo y tocando la guitarra. A mí me hubiera gustado quedarme hasta la noche. Hacer un fogón, escuchar más de las historias del tío… Pero era Carlos el que manejaba.


Yanina decía que todos se iban para después volver y contar la aventura con el dramatismo de los exiliados. ¿Y los que nos quedamos qué? Para mí el razonamiento de Carlos era más simple: si la hacemos, la hacemos bien. Y en vez de mudarse al centro, directamente se mudaba a Europa. Además, el hecho de que Carlos se fuera, no sólo significaba que éramos nosotras las que nos quedábamos sino que el que se estaba yendo era nuestro mejor amigo. Para colmo yo me había peleado con Javier, el chico del ciber. No estaba segura de poder soportar otro abandono. Y lo peor era que a Carlos no le podía reprochar nada. Yanina me pedía que no exagerara. Carlos tampoco era un santo. Estaba segura que se refería a la vez que nos dejó plantadas en el bar de M.T. de Alvear. Qué rencorosa. Mil veces le había explicado Carlos que ese día no había trenes y que viajar colgado del bondi no daba. ¿Qué quería, que se tomara un avión?

Miré por la ventana hacia Av.Córdoba. Era domingo. Ni un alma en la calle. A no ser por la cantidad de basura acumulada en la esquina, los domingos en el centro tampoco había nada. Los vidrios espejados de las oficinas de enfrente me devolvían la imagen ensanchada de una planicie enorme, cubierta de cemento, poblada de edificios vacíos, anónimos, inútiles. No era el desierto de Escalada pero...

Yanina me hablaba del pueblo hebreo, de las catacumbas de Villa Torlonia, de la diferencia entre el abandono y la traición. Yo quería hablar de Carlos y de la venta del peugeot 504. De que al final nunca habíamos llegado a probar las famosas medialunas de Atalaya. Carlos decía que el secreto era el agua, y los Saladeros. Lo mismo Yanina seguía en su mundo. Ya no la soportaba. Insistía en referirse a España como “la tierra prometida”. Yo la escuchaba a la vez que me huía en el masquido impaciente de un chicle de menta. Intentaba representarme la distancia futura. Me preguntaba si se parecería a la misma que esa tarde se acentuaba entre ella y yo en el teléfono, entre su postura y la mía, que en definitiva entendía la de Carlos mejor que la suya.

miércoles 10 de septiembre de 2008

domingo 7 de septiembre de 2008

Mala junta VI: Virgen de riña

“Mi vida emocional siempre ha necesitado de un amigo íntimo y un enemigo odiado”, confesó Freud en La interpretación de los sueños. “Siempre supe como procurármelos, una y otra vez”. Si hay una razón por la cual me decidí a leer la obra de Freud, aproximarme por fin a sus escritos, es porque su confesión me interpela. Desde el corazón hasta la última neurona. Aunque finalmente todo se trate de hormonas, no estaría mal aclarar, que tanto yo como el mismo Freud, hemos necesitado de amigos y enemigos, no sólo en lo que refiere a la vida emocional sino también intelectual. Jamás dejo en mi haber cuentas pendientes: toda persona que haya alguna vez pertenecido al panteón, tiempo después –sin excepciones- supe cómo ubicarla del otro lado del pedestal. Admirar, adular, elogiar, me es casi tan fácil como contrariar, alejarme y odiar. De este gesto doble parece depender mi vitalidad, mis distintos renaceres. Sin embargo, me pregunto hasta qué punto esa facilidad lapidaria me permite desembarazarme realmente de aquellos que hoy creo fueron mis víctimas.

Todo esto viene a cuento de un sueño que tuve hace un par de semanas, un sueño de esos que exigirían revisión, análisis, o sencillamente una buena y decidida sesión de terapia. No pude avanzar mucho en el libro sobre los sueños aún. Estoy bastante entretenida con las Conferencias y la biografía de Peter Gay. De lo contrario no me hubiera animado a contar lo que voy a contar.

En el contexto de mis treinta años, en el ambiente femenino de mis contemporáneas, la maternidad se ha vuelto el tópico de cualquier reunión, tópico en el que se ahonda día tras día, -¿es el diú un buen método de profilaxis?-, que se complejiza cada vez que alguna amiga/ hermana/ prima instaura el notición: estoy embarazada.
Lo primero que debo decir es que una de las cosas que más me llama la atención es que a este “estoy embarazada”, por lo general, le sigue un “felicitaciones” algo envidioso, como si la declaración viniera de la compra de un vestido o un par de zapatos, inaccesesibles, para nosotras: las solteras con o sin apuro. "No todos reciben con alegría la bienvenida del nuevo ser", decía en una especie de manual para futuros padres que me mostró Sabrina. Y digo, nosotras, porque si bien a mí la maternidad me tiene sin cuidado, -o quizás haya sido por eso, por la falta de profilaxis- hace unas semanas atrás, yo misma soñé que estaba embarazada. Creo que fue al día siguiente de que Gina, la hermana de Marichi, diera a luz a Faustino, unas semanas después de enterarme de que Ale y la hermana de Diego estaban embarazadas. Si mal no recuerdo fue también Sabri la que me dijo durante una conversación telefónica, ahora hay un montón de bebitos dando vueltas, ¿viste? Así es.
A decir verdad, mi sueño comenzaba en el momento en que me dirigía a la sala de parto. No sólo estaba embarazada sino que no había lugar a duda sobre tenerlo o no. Sabía quién era el padre, a pesar de que me venía acostando con dos tipos a la vez. La certeza radicaba en que con uno me cuidaba y con el otro no. Con quien no me había cuidado, era nada más y nada menos que un “amigo íntimo”, devenido en “enemigo odiado”. Por lo cual, en el taxi hacia la clínica, o algo así
-porque si había algo que caracterizaba al sueño era la ilegalidad del asunto-, decidía no confesárselo nunca, ni a él ni a nadie. Al llegar, me acostaba sobre una camilla con las piernas abiertas y me entregaba al médico y la partera que, con palabras y gestos amables, me invitaban a que me relajara, como queriendo decir, vas a ver que esto es muy sencillo. Yo estaba aterrada; aterrada y entregada. Era la misma sensación previa al tirón de cera durante un turno de depilación.
Lo curioso es que lo que yo daba a luz no era un bebé sino sólo la placenta, que con una ductilidad inimaginada hasta ese momento, la partera me extirpaba con unas pinzas muy largas y puntiagudas, sin que yo experimentara el más mínimo dolor. Empapada y confundida a la vez por el léxico y las sensaciones descriptas por madres amigas, la placenta –en mi imaginario algo así como medio kilo de chinchulines- se deslizaba desde el interior de mi vágina sin que yo realizara esfuerzo alguno.

En la escena que le sigue al parto –según Dolo, un aborto- aparezco yo con mi niño en brazos y mi hermano, en una habitación libre de muebles, bastante humilde. Mi hermano se pasea de lado a lado de la habitación con una mano en el bolsillo y la otra en el mentón en actitud reflexiva. La misma actitud que tomó el día que mi papá, determinante, poniéndome entre la espada y la pared, me dio a elegir entre sentarme a estudiar geografía (de una vez!) o buscarme un trabajo. Mi hermano tenía siete años, yo trece. En medio de la discusión, una discusión típicamente hogareña, mi hermano se retiró a su cuarto a pensar una solución para su hermana mayor, la descarriada. Lo más conveniente, le dijo enseguida a mi mamá, va a ser que le pongamos un quiosco en la ventana del cuarto, de su cuarto, que daba a la calle. Estaba dispuesto a ceder el espacio si era necesario.
En el sueño yo le había revelado el secreto sobre el padre del niño y le confesaba que quería que llevara su nombre, pero como segundo nombre, para no despertar sospechas. “Quiero que sea un nombre común, nada de rarezas”. Teniendo en cuenta los nombres de los bebés que andaban dando vueltas, (Olivia; Mora; Lola, como nombre; Edmundo; Hilario; Faustino, Santino; Fermín; Fiona; Uma) yo me deliberaba entre la tríada generacional: Diego, Pablo, Martín, o Juan, Juan y el impronunciable nombre del padre. Mientras pensaba, me daba cuenta que el niño no tenía ropa ni pañales ni moisés ni nada, porque no había tenido tiempo de planear nada. Mi hermano enfrascado en su temperamento pensante y organizado, temperamento que siempre lo había caracterizado, me decía que me calmara, que primero había que decidir el nombre. “Juan Sebastián”, se me vino a la mente, olvidando por completo mi testarudo deseo de que llevara por segundo nombre el del padre. A lo que mi hermano cuestionó, ¿Juan Sebastián?, ¡es horrible! ¿Por qué no?, le decía yo en clave “why not?”, y empezaba a cantarle una canción de Emilio Dublanc dedicada a Bach que decía: No son los ángeles que cantan/ no son los ángeles ni el mar/ es un señor lleno de cielo/ el señor Juan Sebastián. Finalmente le ponía Martín, Martincito y seguido el nombre del padre, mi “amigo íntimo”, ya devenido “enemigo odiado”.

En la tercera y última escena, estamos yo, con Martincito a upa, y todos los amigos, los del centro y los de Lomas, en una casa de campo con ventanales grandes. Afuera llueve, hay un árbol lleno de paltas. Ahora reconozco que estábamos en el hotel “Sol y Luna”, en Coroico. Estamos sentados alrededor de una mesa ratona tomando mate y comiendo facturas. De repente, mi niño, Martincito, me pide agua, me sorprende –habla, aunque acaba de nacer-, dice, “aba”, “uoter”, y yo descubro que es bilingüe. Me asombro muchísimo, y mirando a todos mis amigos les digo: Chicos! Chicos, esto me hace pensar que la lengua es algo innato. Porque yo, les juro que yo, no le enseñé nada.
Me desperté agitada, confundida. Agradecí a Dios que todo haya sido un sueño. Aunque el sueño-como dice Borges- sea un rasgo típico de la realidad.

jueves 4 de septiembre de 2008

La voz humana


(Ilustración Carlos Egan)

Ah, sos vos. No, no te preocupes. Sólo a una perra como vos se le ocurre llamar a estas horas.
No, no dormía. No te voy a decir que soñaba con vos, que tenías el pelo largo hasta la cintura. Yo quería peinarte y vos, para hacerte desear, te lo recogías y, después, cuando te miraba el lunar que tenés en la nuca, te lo volvías a soltar.
Estaba terminando unos informes para el laboratorio. Estábamos en el laboratorio de Azcuénaga. Yo trabajaba y vos le dabas de comer a los peces que están en la recepción.
Qué voz tenés. Voz de maltrato. Seguro me vas a pedir que vaya a buscarte. Pero olvidate, nena, hoy no.
¿Cómo estás? Mal o aburrida. Si no, no me llamarías. Pero ¿sabés algo? yo no soy tu bufón. A mí me gusta cuando nos reímos juntos, como la vez que me pediste que me ponga esas medias largas tuyas y que baile como un mariposón. Yo me reía de vos riéndote de esa manera y me salía mal el bailecito, ¿te acordás?
¿Qué pasó? Lo llamaste y no te atendió. Cuando atiende el contestador es porque está con otra. A medio vestir, te tomaste un taxi y tocaste el timbre hasta que abrió. Te hizo pasar para que te calmaras. Si estaba con María, te dio merca y te hizo pasar al cuarto. O abrió una botella de whisky y le pidió que te maquillara, que te quitara las ojeras de nena caprichosa. O, tal vez...
¿Cómo? Sí, sí, te estoy escuchando. Dale, ¿entonces? ¿fuiste o no fuiste? O, te quedaste en el molde como la señorita que sos, te miraste en el espejo y te deprimiste porque te diste cuenta de que el poco culo que tenés se te está cayendo.
¿Y para qué llamó, entonces? Para que no vayas, sabe la que le espera. Y vos te pusiste a gritarle con esa voz de chicharra que ponés cuando llorás por teléfono. Él, imperturbable, te dejó monologuear un rato mientras encendía un cigarrillo. Porque, también, con una mujer como vos, hay que tener mucha paciencia.
Sí, volví a fumar. Dale, seguí, ¿qué más te dijo? En el sueño yo te miraba la nuca, te miraba el lunar que tenés en la nuca. Ése que siempre me da ganas de metérmelo entre los dientes, de succionártelo hasta que los dientes se me tiñan de azul. Porque tu sangre, seguro, es azul como el agua de la pecera del laboratorio.
A mí me parece que no tenés que ir. Siempre el mismo verso, y después te deja por la primera pendeja que se le cruza en el camino. Porque tu culo ya no le gusta. Y ¿sabés algo? a mí tampoco. ¿Me escuchás? ¡A mí tampoco me gusta tu culo! Te digo que me gusta para que te quedes conmigo. Pero ¿sabés qué? Tenés culo de vieja decadente, como esas mujeres de las pinturas de Egon Schiele.
No entiendo entonces, ¿por qué te angustiás? Gata Flora. Y cuando llorás me pedís que te lleve a ver los peces y que te bese la nuca y después el lunar; que te succione los ojos hasta que el agua de la pecera se tiña de rojo. Porque yo sé que tus lágrimas son de sangre, son de dolor.
¿Por mí? No te digo, gata Flora. Resulta que gritás por él y llorás por mí. Por favor, Laura, no vayas. Voy a buscarte y te venís a mi casa. ¿Sí?
Laura, no te preocupes por mí. Yo voy a estar bien. Laura, si venís a casa, te voy a comprar una pecera gigante con peces de miles de colores. ¿Me escuchás? ¡Una pecera gigante!
No, Laura. ¡No llores! Ya no nos necesitamos. Laura, te necesito. Tal vez llorar juntos sea mejor para los dos.
No, cómo me voy a olvidar de vos. No me quiero olvidar de vos. Laura si me dejás me voy a volver loco. ¿Me escuchás? ¡Loco!
No, Laura. Claro que podés llamarme de vez en cuando. No, no me llames, escuchame ahora. ¿Me escuchás?
Chau, Laura. Laura, no cortes todavía. ¿Me escuchás? Tengo cosas que decirte.¿Me escuchás, Laura?